viernes, 2 de diciembre de 2016

LECHO DE NIEVE

Navadijos, 2016
Fotografía de
Adela Sánchez


LECHO DE NIEVE


Duermen las formas
y aprendo su silencio.
Lecho de nieve.


jueves, 1 de diciembre de 2016

IDENTIDAD

Ella


IDENTIDAD


No sé nada de ti, pero me absorbe
ese juego inocente de modelar tu ser.
Transmigro cualidades y actitudes,
deposito palabras
que te definen cuando las pronuncias,
condesciendo con algunas manías;
respeto los precintos
que deciden el paso a tus zonas ocultas,
te dejo los sentidos en alerta;
hago y deshago en ti.
Me siento un dios menor
que en cada creación cobra sentido.
Es urgente que tú pongas el soplo.

       (De La noche en blanco, 2005)


miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA CRÍTICA CON GUANTES DE BOXEO

El ABC del boxeo
Krag Bokser

LA CRÍTICA CON GUANTES DE BOXEO

A J. L. G. M.
con admiración y afecto 


No comprendo la tendencia de algunos lectores a exigir a la crítica que use guantes de boxeo; no entiendo la aversión por el juicio reflexivo y cordial. Parece que la prudencia al eludir descalificaciones es solo un exceso de amiguismo, un muestrario de subordinación, una invitación a la mentira. Según ellos, solo son veraces las reseñas que crean efectos secundarios, aquellas que sacuden con sus golpes precisos la piel formal, las vísceras argumentales o los desaliñados recursos idiomáticos. Hay que ser un crítico de pelea, de los que disparan con el colt del teclado y luego soplan sobre el suplemento calándose el sombrero de la suficiencia.
Así que en las reseñas del futuro, si quiero en casa la admiración gregaria  de los viscerales, debo ser “Menos Morante y más García”.

      

martes, 29 de noviembre de 2016

HÁBITOS NOCTURNOS

Interiores


HÁBITOS NOCTURNOS

  Atribuyó la extraña familiaridad con escaleras y recodos a los muchos años de práctica, al hábito nocturno crecido entre su identidad. Fue desvalijando consolas, baúles, mesillas y la caja fuerte del salón principal. Consiguió un botín pirata y un estar cansado que lo depositó en el sofá. Solo entonces cayó en la cuenta de que había saqueado su propia casa en sombras.
  Su vanidad consideró innecesario reconocer el error. Lo justificó como si fuese un simple ejercicio práctico. En cambio evaluó con recelo la seguridad de su casa. Puso un cerrojo nuevo tras la puerta principal y adquirió una llave maestra de gran envergadura. Pretende además quedarse dentro siempre, para ahuyentar al próximo ladrón.

(De Cuentos diminutos)


domingo, 27 de noviembre de 2016

EPITAFIOS PARA UNA DESPEDIDA

Fuente de la iglesia
(26 de noviembre de 2016, Navadijos, Ávila)
Fotografía de
Javier Cabañero


                    PIEDRA CALIZA

                        (Epitafios)

He soñado con la realidad. Con qué alivio
me he despertado.                                                                                            STANISLAW  J.  LEC


La muerte no  es nada,
cuando existimos ella no existe
y cuando aparece nosotros desaparecemos.

                                                                   EPICURO
             I

En su artesana construcción del silencio,
la muerte no reconoce
ninguna otra verdad.

            II

Otra noche.
Sobre mí  prosigue su labor
la luna quieta.
Carezco de otra luz.

            III

Queda mi nombre
y la serenidad de este paisaje
que no sabe quien fui.

            IV

Agudizo mi vocación fantasma.
Miro sin comprender
y reclamo razones para estar en la nada.
No hay respuestas;
la pureza del aire
habita el desamparo.

            V

Un manto de raíces y una brizna de sol,
pero las formas se han desvanecido
en el escaso jugo de una tierra estéril.
Estoy con otras sombras y nos une
la mansa convivencia,
el aire de familia
de los que nada piden al futuro.

            VI

Vuelven los ecos y dibujan mapas,
un recorrido de memoria y sueño
que convierte al que fui
en terco pasajero accidental
de otra ruta
que ya no identifico.
El pasado se puebla
de restos arqueológicos.

          VII

Ahora vivo debajo,
con vocación de sima.
A tientas me desplazo
sin que se marquen huellas
ni dejen una imagen
los lugares de paso.
Nada sucede aquí;
nada sucede.

         VIII

Callé.
Después de todo,
cobijo la pereza.
En el silencio, nadie;
un estar sin contornos que tantea
 y vela con desgana
el transcurrir del tiempo.
           
       IX

Camino dentro
de un dédalo de calles
tras un rastro invisible.
Prosigue la deriva;
es terca voluntad
que empuja hacia otra parte.

En un reloj sin tiempo,
ensordecido
busco un lugar
para empezar de nuevo.
   

         X

 Epitafios;
 el triste empeño por seguir hablando
cuando  ya consumí
mi turno de palabra.
   
         XI

Nadie fractura aquí
las voces del recuerdo.
Acuden resignadas
a que yo les conceda
senda abierta y sentido.

Inútil confianza.
Soy también espejismo,
el manso dinosaurio
que duerme en otro sueño.

         (De Ninguna parte, Sevilla, 2013)

viernes, 25 de noviembre de 2016

VERÓNICA ARANDA. ÉPICA DE RAÍLES

Verónica Aranda


MAPAS

Épica de raíles
Verónica Aranda
Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández
Comunidad Valenciana 2016
Devenir, Poesía, Madrid

  El transcurso literario de Verónica Aranda (Madrid, 1982) mantiene como clave creadora del sujeto poético la función de observador, el empeño de adentrarse  en una percepción profunda que acumula aperturas, derivaciones y descubrimientos. Así ha ido hilvanando títulos sin divergencias, entre los que sobresalen Poeta en India, Tatuaje, Alfama, Café Hafa y Lluvias continuas. Ciento un haikus, entregas reconocidas con importantes certámenes nacionales.
  En Épica de raíles la razón poética se apropia de un dictum de Álvaro Cunqueiro, integrado en  Las mocedades de Ulises: “Permitámosle al héroe Ulises que comience a vagar no más nacer, y a regresar no más partir. Démosle fecundos días, poblados de naves, palabras, fuego y sed. Y que él nos devuelva Ítaca, y con ella el rostro de la eterna nostalgia. Todo regreso de un hombre a Ítaca es otra creación del mundo”
  Nítida y comunicativa, la lírica de Verónica Aranda comparte los itinerarios emotivos del yo biográfico y hace del intimismo refugio y entorno abierto, como si la realidad fuese un espacio sin lindes que hay que recorrer también entre vislumbres. Así va creciendo una sensación de cercanía; en ella se manifiesta un preludio que conduce el deseo hasta la plenitud. Inasequible y fuerte, ese impulso afectivo envuelve la existencia en una cálida comunión amorosa. El discurrir adquiere en ella un sentido transcendente, “una intensa ebriedad de madrugada” en la que el tiempo se torna casi irreal y suspendido. Espacio y tiempo conforman una selva azarosa y profunda, una herida densa y frondosa, como un gran sueño sostenido en el aire.
  Muchos poemas de Épica de raíles postulan una identidad femenina, una sensibilidad que interroga sentidos y busca en la brújula del discurrir las direcciones que traspasan el umbral calmo de lo sedentario y hacen de la retina un mapa desplegado en el que van sumando topónimos concretos: Goa, Panjim, Tumkur, Calcuta, estaciones de paso que conceden a quien mira un estado de ánimo, un argumento lírico que duerme después en la memoria. El retorno al yo elige como mirador de tantas fugaces estaciones el rumor en tránsito del tren; desde su humilde asiento se empeña en anotar su épica de raíles, ese estar trashumante que convierte al espacio en marco accional en el que se desarrolla una representación, donde cobran relieve mínimos actores entrevistos en la incertidumbre.
  En el discurso poético de Verónica Aranda el viaje es una liberación. En él se filtran las cercanas presencias de otros ámbitos que atrapan el silencio de un yo que sale de si mismo para sondear lo cercano, para apropiarse de su cromatismo y de la luz difusa que  marca sus contornos. Los poemas rezuman una evocación emotiva, la certeza de que el regreso hizo suyas otras miradas, una perspectiva donde persiste la sosegada concordia de cada estación, ese vislumbre de claridad en un mapa de niebla.


jueves, 24 de noviembre de 2016

ENTRE EL SER Y EL ESTAR

Un sitio propio


HETERÓNOMOS


Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

        (De Rotonda con estatuas, Madrid, 1990)