viernes, 22 de septiembre de 2017

SANTOS LÓPEZ. DEL FLUIR

Del fluir. Poemas escogidos
Santos López
Selección y prólogo de
Alejandro Sebastiani Verlezza
Kalathos Editorial
Madrid, 2016 

POEMAS ESCOGIDOS


   En la personalidad literaria de Santos López (Mesa de Guanipa, Anzoátegui, Venezuela, 1955) adquieren modulación facetas sucesivas y complementarias: es editor, gerente cultural, periodista y mantiene una larga relación personal con la poesía desde 1980, cuando publicó su carta de amanecida Otras costumbres. Comenzaba un discurrir creador del que ahora Kalathos Ediciones presenta una selección realizada por Alejandro Sebastiani Verlezza, también responsable de la introducción.
   Al poeta le cuadra bien la teoría del merodeador, ese empeño en buscar salida a los destellos de la vida interior que, no pocas veces, alumbran insólitos laberintos conceptuales. Así lo resalta en su entrada Alejandro Sebastiani: “Su voz es dúctil y sonora, traspasada por conjuras y salmodias, evocaciones de presencias lejanas (los ecos de ellos,  los que rigen muchos de sus pasos). “. Asistimos, por tanto, a una respiración creadora que no se ciñe solo al discurso lógico comunicativo sino al encuentro con el lenguaje como magma incierto de significados y expansión expresiva.
  El libro se estructura en siete momentos que no se corresponden con una selección parcial de cada entrega escalonada en el tiempo sino con una propuesta renovada que construye un significado autónomo; Del fluir propone una dinámica textual en la que alterna temas y trastoca el sentido de las palabras para que lo oculto plasme su energía y tenga capacidad de hablar.
  El apartado “Ancestros” constituye el paso inicial, como si la palabra necesitara ubicarse en la raíz, buscar la senda venerable que propició el comienzo. Continuar requiere el leve trazo de la amanecida.  Y en ese trazo los indicios vitales que han ido creando la propia identidad en el discurrir. Lo perdurable está, constituye la columna vertebral que nos sostiene: “El amor es la idea de lo que no muere. / Siempre tenemos la esperanza de que todo esté vivo”. El pasado como tiempo del poema se mantiene constante; viene al paso hacia el ahora para dejar oír presencias y voces de otros días que siguen habitando dentro.
   Ya he comentado que los diferentes tramos no corresponden a un proceso de escritura común, por tanto es difícil rastrear en las composiciones una sola estela argumental; con todo, los asuntos que prevalecen están visibles, a disposición del lector: uno de los que resaltan en el segundo apartado es el lenguaje y su relación con la definición del sujeto verbal. Si como sugería Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, la palabra de Santos López da vida también al discurso alógico, a ese dialecto del trance capaz de hacer de lo expresivo una interpretación no reglada, que modifique el discurso establecido por la norma. Esa voz chamánica, tan compleja al abordar sus significados previsibles, postula una realidad distinta en la que se acogen pensamientos y sentimientos para construir una geografía conceptual que dé cabida a las cosas. A Santos López le gusta oír la respiración de las palabras, esa casa interior  que establece un lugar sagrado para el poeta. También se buscan los repliegues del yo sentimental a través de las resonancias del amor y su finitud; o se recuperan composiciones del libro La Barata, donde Santos López se acercaba a culturas animistas, trasmisoras de una espiritualidad que encierra acuerdos sagrados entre el cuerpo y la naturaleza  a través de elementos genesíacos como la piedra, el agua, el humo y la sangre. 
   La materia metaliteraria del libro se completa con dos incisiones integradas como un epílogo: una conferencia expuesta en Lieja, el 30 de agosto de 1990, en la XVII Bienal Internacional de Poesía; y un conjunto de anotaciones, a modo de teselas autobiográficas. Ambas sirven para configurar mejor el prisma estético. En la idea del poeta visionario, se trasciende la dimensión literaria de la escritura para hacer del poema luz y misterio, un hilo umbilical entre lo visible y lo invisible, cuyo poder generativo está más allá del mero hecho de la artesanía verbal. En Del fluir percibimos el canto de un poeta visionario; las voces que buscan itinerarios hacia un yo interior que guarda todavía una umbría del sueño, los inexpresables garabatos del misterio.



     

jueves, 21 de septiembre de 2017

CALIGRAFÍAS DEL YO

Renglones
Fotografía de
Rosa María Hernández
(Galicia, 2017)

 

HETERÓNOMOS

             A Rosario Troncoso y Carmen Sotillo


Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.


(Pulsaciones, Takara Editorial, Sevilla, 2017)

                             




miércoles, 20 de septiembre de 2017

JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. ARQUEOLOGÍA DE UN MILAGRO

Arqueología de un milagro
Jesús Aparicio González
Ruleta Rusa Ediciones, 2017

SALIR AL DÍA


   Hay una notable parte de nuestra geografía versal que ha optado por entender el poema como un gesto dialogal; las palabras proponen salir al día; una conversación en voz baja en la que se descubre el tejido interior de un yo concreto. Habla la voz de un protagonista asentado en una circunstancia histórica que comparte, desde la verdad habitable del poema, su sensibilidad. A esa apuesta por el lenguaje comunicativo pertenece Jesús Aparicio González (Brihuega, Guadalajara, 1961). El castellano-manchego ha recorrido un largo recorrido escritural con más de una decena de poemarios publicados. Tan abrumadora dedicación permite establecer en los sondeos críticos algunas coordenadas de situación: entiende la poesía con la cadencia de un cauce natural; una búsqueda continua de la experiencia personal trascendida a través de impresiones y recuerdos, sensaciones y sentimientos que nunca enmascara. En sus versos se ve reflejado un protagonista verbal cercano y con rasgos comunes a las preocupaciones de una presencia sensible.
   Quien nos habla siente necesidad de enaltecer cada instante, como si el solo hecho de existir pusiera en contacto con el don generoso del entorno. Así pues Arqueología de un milagro arranca como un cántico celebratorio, una exaltación hímnica que abre la mano a la plenitud de la belleza cobijada bajo el azul diario.
  Si en algún tiempo, se hace más palpable esa plenitud, como si no existiesen distancias entre ilusiones y sueños, es en la infancia; aquellos años preservados en la lejanía de los calendarios aparecen como el tiempo áureo por excelencia. El niño duerme y apenas siente el rumor del mundo en su descanso; sabe que mañana al despertar la luz llenará sus manos y sus sentidos. Así se siente todavía el poeta al rememorar su pretérito; no es un tiempo gastado sino el reloj hospitalario que alojó sus días infantiles. Y por él la mañana espera, para ser, para buscar distancias y caminos donde llegar un día. El hombre que será ya está en el primer paso, va marcando una huella y comienza a escribir.
   A veces el poeta se percibe a sí mismo, como un yo desdoblado que busca descanso tras el intenso quehacer de la escritura en medio del paisaje; la naturaleza aparece entonces como nueva caligrafía frente a los sentidos que hace olvidar las tareas pendientes para mostrar el canto de los pájaros, o la escritura entrañable de los paisajes conocidos. Entonces la palabra se repliega por un instante, como leve cosecha que mañana retornará de nuevo.
  Las sensaciones que se aposentan en el sujeto no desconocen la condición transitoria del yo, el callado circular de los ciclos estacionales o el material perecedero que forma la epidermis de las cosas; pero existir es también dejar señales, ir marcando el desgaste de ilusiones y sueños que vuelven a germinar como una telaraña entre las rosas, como un pétalo que renueva su luz entre los verdes.
 La poesía de Jesús Aparicio González, como la de Eloy Sánchez Rosillo, el gran poeta contemporáneo de la celebración, expresa en el conciso hábitat de las palabras la plenitud diaria de la experiencia vital. Sobria y coloquial, con un lenguaje hecho de voces cercanas y expresivas, nos muestra la existencia cotidiana de un sujeto agradecido, que sabe discernir  en la belleza el consuelo mejor de nuestro caminar en el tiempo. El lúcido extravío de vivir se marca ante el cristal transparente de la conciencia con la callada música de de lo perdurable. En ella oímos  la hermosura del mundo, la grata arqueología de un milagro.
    



martes, 19 de septiembre de 2017

GRANDILOCUENCIAS

Patio central
Museo de Arte reina Sofía (Madrid)


GRANDILOCUENCIAS


Hoy la realidad parece un decorado a punto de desmontarse.


Restos de soldadura entre el aparejo formal de los afectos.


Monótono y perseverante escenario: el sitio equivocado.


En los espejos, la trama del yo se bifurca.


Descifro crucigramas y hay huecos que nunca relleno con la palabra justa.


Plenitud a medio camino, entre el ser y la nada.


Cuando estoy solo, hablo demasiado.


Dejé de fantasear para centrarme en la imaginación.


Según todos los indicios, tampoco.

(Aforismos inéditos)



lunes, 18 de septiembre de 2017

ANTONIO MERAYO. TIEMPO ESCRITO

Tiempo escrito
Antonio Merayo
Danime, León, 2017


AFORISMOS  DE OTOÑO


   A nadie se le escapa el tiempo de esplendor que vive el aforismo contemporáneo. La salud juvenil del género invitaría a algunas consideraciones previas sobre esta eclosión desmesurada de la brevedad, pero no es el momento para tal debate sino para centrarse en la nueva puerta que abre en su escritura el leonés Antonio Merayo (Corullón, 1949). Incansable activista cultural, el autor ha propiciado proyectos que ya son pie de página del tiempo como la revista de poesía Alcance, o la tertulia Sándalo; es protagonista, además, de una  dilatada obra inédita, ahora en vías de publicación, ya que se anuncia la salida en breve de una compilación de relatos y de un libro de poesía y ha divulgado sus creaciones en numerosos libros colectivos.
   En Tiempo escrito Antonio Merayo selecciona una amplia muestra aforística que hace del decir conciso expresión de una ética; por tanto, la entrega se define como una novela coral que explora los contraluces fatigosos de nuestro tiempo. Los amantes del género saben, como decía Pessoa, que cuando viajamos no se describe lo que vemos sino lo que somos. En el cultivo paremiológico sucede lo mismo; los aforismos no son sino derivaciones escuetas de un paisaje interior que va mostrando rincones del yo para establecer la senda caligráfica del tiempo.
   Un elenco de citas clásicas precisa el contorno semántico de un género de límites diluidos, donde es perceptible la aleación entre pensamiento y filosofía. Con ambas disciplinas se contruye una arquitectura verbal fragmentaria que amplía su campo de interés a las contingencias del sujeto y a la cartografía de un entorno cambiante que respira habitado por un existencialismo colectivo.
  Antonio Merayo busca  un tono narrativo que enuncie de forma directa, sin interrupciones digresivas; de este modo la frase llega al lector con el deje manifiesto de un pensamiento cerrado, sin líneas colaterales ni personales secundarios que inspiren nuevas historias. Hay pinceladas poéticas: “El corazón del aire son los pájaros”, “una flor es el aforismo de la naturaleza”, “Ser aire, para que tú me respires”, “Los pájaros convierten su canto en luz”; y hay una continua peocupación por el sentido de la escritura: “Escribir y leer ayuda a descubrir cómo somos, cómo no somos, y cómo podríamos ser”, “Lo más profundo se ve con los ojos de la inteligencia”; “Somos nuestra interpretación de la realidad”, “Es necesario escribir sin red para que surja la verdadera emoción”, “Si no encuentras la puerta, inventatela”. Pero el escritor no duda en afrontar el otoño de la incertidumbre que despliega un tiempo colectivo que ha ido erosionando en su discurrir la calidez de muchas ilusiones: la política está contaminada por una nube tóxica que hace de su práctica un inventario de intereses particulares. Sin embargo, Antonio Merayo no cree en el sarcasmo y su mirada crítica se protege con frecuencia con el sentimiento irónico y con un escepticismo saludable que también afecta a los pecados capitales del yo, a esos sujetos que se miran en el espejo de la vanidad o la mentira…
No hay imperativos urgentes sino itinerarios desplegados hacia la política como engarce social que afecta el discurrir colectivo. 
  En los aforismos de Tiempo escrito se percibe el patrimonio cognitivo de quien vive la vida , no con la aceptación resignada del sujeto pasivo, sino con el modesto esplendor de la inteligencia, con la certeza de quien sabe que la existencia reparte a manos llenas conocimiento y experiencia, esa entera verdad del tiempo que se escribe para dar fe de vida.  



domingo, 17 de septiembre de 2017

ENTREVISTA EN COVIBAR (SOBRE PULSACIONES)

Parque de Covibar (Rivas-Urbanizaciones)


José Luis Morante presenta en Covibar Pulsaciones


El próximo 21 de septiembre, inauguras la nueva temporada del Mirador Literario de Covibar con la presentación de tu nuevo libro, Pulsaciones. ¿Qué va a encontrar el lector en esta antología poética?

La antología Pulsaciones es una selección de poemas que da cuenta de mi trabajo literario en el discurrir del tiempo. Comprende un largo paréntesis de poesía que arranca en 1990 y que llega hasta el ahora, ya que incluye  una amplia muestra de poemas inéditos. Más de dos décadas de escritura. Contiene además un atinado “prólogo” de la poeta y editora Rosario Troncoso en el que se analizan con acierto los núcleos centrales de mi poesía: la identidad del sujeto, el compromiso social, la mirada al entorno, el discurrir del tiempo… 

¿Qué aporta este nuevo libro al resto de tu obra poética?

Es un balance; una parada en medio del camino para mirar dentro y ver si la escritura enlaza con la existencia personal o fortalece su razón de ser. En poesía no se puede escribir por inercia; cada palabra es necesaria. La hojarasca en el poema es inadmisible. Ya he comentado también que el libro muestra por primera vez algunos poemas inéditos que trazan una fotografía personal del presente.

 Has escrito en diferentes géneros literarios. ¿En cuál te sientes más cómodo?

Todos son teselas complementarias que, juntas, componen un gran mosaico. Si debo decantarme la poesía ocuparía el primer plano; es protagonista principal porque es el género más exigente y el que mejor define mi identidad. Pero me siento muy cómodo también en el trabajo crítico: la crítica enseña a leer, tiene un sustrato muy sólido de conocimiento argumentado y conviene practicarla con rigor, para saber cuáles son las líneas fundamentales del libro, más allá de superficiales impresiones al paso.

¿Qué autores han sido tus referentes literarios y con qué poetas actuales te sientes en consonancia?

La lista sería tan extensa que cansaría al lector; así que recurro a los más cercanos: los poetas que prefiero casi todos forman parte de la generación del 50, ahí están Jaime Gil de Biedma y Ángel González como voces fuertes; y nunca olvido a Antonio Machado por su empeño en fundir en cada palabra ética y estética.
Mi trabajo me ha concedido enlaces personales con muchos autores contemporáneos: me siento cerca de Joan Margarit, Ángeles Mora, Luis García Montero… Son amigos y maestros al mismo tiempo.


En tu labor como escritor, ¿alguna vez te has tenido que enfrentar al miedo a la hoja en blanco?

El miedo a la incertidumbre es un estado natural; en la escritura no hay fórmulas sino empeño que debe renovarse cada día; no hay que asustarse de esa inquietud que obliga a ser crítico con el trabajo personal y a ser inconformista con nuestra vocación literaria. Ese miedo solo se mitiga, nunca se cura, pero existen buenos remedios caseros. El mejor que conozco es la lectura.


Tu poesía ha recibido varios premios, entre ellos el Premio Internacional de poesía San Juan de la Cruz o el Premio Espadaña. ¿Qué importancia tiene para ti recibirlos?

La poesía sin lectores es un cajón umbrío; un premio literario es una posibilidad de que el trabajo personal se difunda mejor y sea conocido por entornos lejanos. Los premios literarios tienen mala prensa porque son muchos más los que no ganan que los premiados. Es verdad que en algunos casos se toman decisiones poco éticas, pero ocurre en todos los niveles, desde un premio local hasta los más meritorios… Aquí es esencial el sentido ético de cada sujeto. Ser coherente no es una cuestión ajena sino una actitud.


 ¿Dónde vamos a poder adquirir Pulsaciones?

Ya está a la venta en El Rincón de la Lectura, la librería de Covibar que muestra siempre un incansable apoyo a los autores de nuestro municipio, gracias a la labor de Jeremías, un referente cultural como los ciclos literarios de la Cooperativa Covibar, impulsados por Manuel Hernández. Además se puede adquirir en la editorial Takara  que hace posible de inmediato el envío a domicilio con un coste mínimo. Así que en septiembre será un placer volver a compartir vida y poesía con mis paisanos en la sala Miguel Hernández, tan abierta y hospitalaria. Nos vemos el día 21 de septiembre con la gratitud de siempre. 

(Revista Covibar, nº 266 (Septiembre, 2017)




sábado, 16 de septiembre de 2017

JOSÉ LUIS PIQUERO. TIENES QUE IRTE

Tienes que irte
José Luis Piquero
Siltolá, Poesía
Sevilla, 2017

NUBE TÓXICA


   El asturiano José Luis Piquero (Mieres, 1967) protagoniza un quehacer de paso mesurado. Toda su obra poética se reúne en el volumen Autopsia (Poesía reunida, 1989-2004), reconocido con el Premio Ojo Crítico de RNE. Solo un poemario ha publicado después, El fin de semana perdido (2009), así que Tienes que irte, tras adelantar algunas composiciones en la antología personal Cincuenta poemas, es una amanecida esperada.
   Estoy seguro de que esta sensación de hospitalidad abierta frente a la obra literaria de José Luis Piquero no es un mero asunto personal, sino un estado de ánimo colectivo; me sumo a la percepción común sobre el valor de un aporte generacional que hace de la poesía una indagación en el conflicto y una hendidura en la piel frágil de los desamparos.
   Nada complaciente con el conformismo establecido en el mapa gris de lo real, la poesía de José Luis Piquero opta por la convulsión verbal. En Tienes que irte, Piquero recurre con frecuencia al monólogo dramático para buscar un desdoblamiento que trace distancias con el patetismo intimista. Así sucede en el poema inicial de “Merma”, donde el personaje recreado usa la máscara de Lázaro; pero esta reencarnación del sujeto histórico cobra un nuevo enfoque que sorprende al lector: el ausente se encuentra bien en la quietud sin tiempo de la ceniza; es un estado perfecto para liberarse por fin de las demoliciones cotidianas; así pues, el personaje no quiere reiniciar una travesía existencial que es más un paradigma de decepciones que una certidumbre de luz.
   Casi todo el primer apartado, “Merma” hace de la muerte –y del campo semántico que aporta como finitud, extrañeza o apagamiento-  un sustrato común que aflora en la ironía narrativa de “Insectos”, o en las contingencias de autopista que hilvanan los versos de “Dummy”, en cuyo desarrollo se intuye una fuerte densidad biográfica; o en la caligrafía verbal de “Elvis, reconocido”.
 Como si cada sección explorase matices cercanos de la realidad, Piquero distribuye las composiciones en núcleos complementarios. De este modo, el segundo tramo opta en su apertura por el formato epistolar estableciendo una propuesta dialogal entre interlocutores conectados en el tiempo. Oímos el mensaje de náufrago que El Cíclope remite a Ulises; y también es un soliloquio que busca destinatario el rumor convivencial de un marido que repasa los gestos gastados de los días laborables, o el amante virtual… Son identidades a mano alzada que buscan en el pozo del ensimismamiento las posibles respuestas a su extraño papel en la existencia diaria sobre la que parece sobrevolar una nube tóxica.
   La sección “Quemaduras” comienza con  el recuerdo del poeta Rafael Suárez, amigo personal de José Luis Piquero, cuya temprana muerte da pie a una reflexión sobre el estar y la escritura; más que la elegía por el amigo ausente se hace notoria la caligrafía de la coherencia, esa necesidad de empezar de nuevo desde otra identidad. la biografía interior somete al yo a continuas mutaciones y es necesario un despojamiento inadvertido, una fuerza que vaya dejando esas partes del yo en un no lugar donde no existe el regreso.
  El tiempo de escritura difumina el monolitismo argumental y va dejando en cada sección un muestrario crecido de sondeos. Así sucede en los poemas finales que hacen del extrañamiento, la incertidumbre y el insomnio nuevos recorridos poemáticos Nunca sobreviven los matices de cualquier futuro, como si fuese un mal sueño que se despeja tras la amanecida.
  El poeta ha optado por una nota epilogal que aclara la contingencia de algunas composiciones y distribuye afectos y dedicatorias. Pero siguen latiendo las pulsaciones de un poeta  que sabe que la vida es un sueño roto; solo conserva en su discurrir suturas y cicatrices.