viernes, 4 de noviembre de 2016

ABEL SANTOS. LAS LÁGRIMAS DE CHET BAKER CAEN A PISCINAS DORADAS

Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas
Abel Santos
Prólogo de
Diego Vasallo
Chamán Ediciones, Albacete, 2016 


ARENAS  MOVEDIZAS


  La mirada poética de Abel Santos (Barcelona, 1976) impone una actitud que nunca firma acuerdos con el conformismo complacido de lo sedentario, un espejismo de arenas movedizas. Advierte del peligro de cerrar los ojos ante los desconchones grises de lo cotidiano. Sus versos prefieren tomar asiento en lo oscuro y desde allí destilan una incisiva reflexión sobre la existencia. Así ha ido moldeando una activa producción que arranca en 1998 con el poemario Esencia y que está compilada en antologías como Demasiado joven para el blues (2014) y Jass (2016). En sus entregas encarna una estética de la decepción en la que se reiteran espacios argumentales como la introspección confesional, los rostros de la noche, la crítica social, el afán metaliterario, o el rumor incansable del jazz. Por tanto, no sorprenderá a quienes han cruzado puentes lectores con el realismo bastardo de Abel Santos el título de la nueva salida del poeta catalán, Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas, que cuenta con una introducción de Diego Vasallo, intérprete, compositor y letrista del grupo musical Duncan Dhu. Y es Diego Vasallo también el autor de la letra que inspira el título del libro.
   El intuitivo trompetista Chet Baker (1929-1988) encarnó una existencia desmesurada que ha dado pie a abundantes incursiones biográficas y ha inspirado la película “Born to be blue”, dirigida por Robert Budreau y protagonizada por el siempre comprometido Ethan Hawke. Algunos de estos retazos se recrean en el prólogo de Diego Vasallo, donde se cobija la sombra derrotada de Chet Baker antes de caer al vacío y de dejar colgando en el aire la languidez de alguna nota; así aparecen también para el músico los poemas de Abel Santos: “sonidos profundos de catarsis cegadoras atraviesan los textos como los truenos de una tormenta  que se va dejando atrás, martillos que golpean los instantes; desiertos ocupando el horizonte desde una ventana que mira el atardecer”.     
   En la poesía de Abel Santos la naturalidad y el decir sobrio son preceptos básicos, como si el tiempo fuera un sostenido aprendizaje para tomar apuntes del ahora. Así se confeccionan, página a página, las secuencias emocionales de un diario intimista en el que el sujeto verbal se asoma en los espejos del yo biográfico y enlaza contingencias. En ese caminar en círculos, solo el amor invita a retomar la amanecida de las esperanzas, como si fuese la anestesia que proporciona una calma aparente, como si defendiera frente a la soledad algunas certidumbres y abriera sitios para habitar en el deshielo. Sobresalen los poemas amorosos, donde busca sitio una amplia semántica; están la soledad y el deseo, el recuerdo y su fuego cruzado con el olvido; o la conciencia de un tiempo que se consume indeclinable y triste en su propia búsqueda de sentido porque es difícil salir ileso de una historia de amor.  Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas  arrastra en el río del poema la verdad personal, ese empuje profundo de carne y hueso que flota endurecido en las aguas del tiempo.


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