miércoles, 3 de mayo de 2017

PABLO DEL ÁGUILA. POESÍA COMPLETA

De soledad, amor, silencio y muerte
Poesía reunida 1964-1968
Pablo del Águila
Edición y estudio de
Jairo García Jaramillo
Bartleby Editores,
 Madrid, 2017

UN POETA SECRETO


   Los encuadres generacionales son austeros, solo dejan sitio  a  una reducida nómina de creadores. Quedan fuera de plano  los supuestos figurantes, aquellas sombras de perfil  difuso que pasan inadvertidas y discretas. Algo así  ha sucedido con el poeta Pablo del Águila (1946-1968) cuya desaparición en plena juventud condenó al silencio a su material creador. La puesta al día del itinerario biográfico por Jairo García Jaramillo, tras exhaustivo trabajo de documentación en sus archivos personales, en las páginas culturales de la época, y la edición de su poesía completa en Bartleby Editores repara la oquedad y ajusta con acierto el periplo creador.
   Granada en el tardofranquismo fue una ciudad convulsa y con un vitalismo ideológico de primera línea; así lo constatan las voces de protagonistas de aquel tiempo que han descrito el ambiente revuelto y los animados entornos de oposición al régimen. Hallamos Reflejos testimoniales en los diarios de Javier Egea, en las reflexiones críticas sobre revistas literarias de Fanny Rubio, en los recuerdos de Carmelo Sánchez Muros, Juan de Loxa y en la  ensayística del profesor Juan Carlos Rodríguez; también por los testimonios de Carlos Cano y Joaquín Sabina. Son nombres de coetáneos que sirven para ubicar la precocidad literaria de Pablo del Águila. Tuvo una compleja personalidad reflejada en el cristal de los ambientes universitarios y en su lista de amigos como Félix Grande, o Fernando Quiñones que confiaron desde el principio en el talento literario del escritor inédito.
  Pablo del Águila no publicó en vida, en 1973 Juan de Loxa impulsó la edición de Desde estas altas rocas innombrables pudiera verse el mar, un grupo de once poemas con autonomía de libro cerrado, y el Ayuntamiento de Granada, con prólogo de Justo Navarro y epílogo de Carmelo Sánchez Muros, acogió en la colección Silene el corpus Poesía reunida (1964-1968). Esta edición reordena materiales y añade algunos inéditos, así que ha sido necesaria una revisión a fondo de sus materiales para estructurar un trayecto que ahora queda conformado por las siguientes entregas: Primeros poemas, Pequeños poemas de soledad, amor, silencio y muerte, Resonando en la tierra, Poemas de Madrid y Desde estas altas rocas innombrables pudiera verse el mar. Son conjuntos poemáticos que comparten una argumentación basada en el coloquialismo intimista, una reiterada preocupación existencial, en ocasiones revestida de ironía, y un compromiso claro con la denuncia de un tiempo sombrío que postuló un dirigismo ideológico y cercenó libertades.
   Ya en los textos más tempranos se percibe un afán de enlazar realidad y discurso textual; el hablante lírico asume los contornos del ser presencial y hace de la su biografía una carta de recorrido en la que suelen ser puntos de llegada la soledad, el  fluir y la muerte. Así que el aserto que da título a esta obra reunida se ciñe con íntima precisión a la naturaleza semántica de los versos.
  Los enlaces más próximos a este ideario estético son los que emanan de la poesía humanista y confesional de Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Hierro, también son evidentes las deudas con el humanismo desapacible de César Vallejo. Pero el verso de Pablo del Águila suena a sí mismo, porque hace de su voz una senda despojada, de concisa dicción, con escaso aporte metafórico. Busca el enunciado de un realismo subjetivo que alcanzaría su máximo desarrollo a comienzo de los años ochenta, cuando emerge “la otra sentimentalidad”, un grupo literario del que podría considerarse un precursor, como señala con su inteligente escritura Juan Carlos Rodríguez.
   La poesía de Pablo del Águila expande la sensación del mensaje en una botella arrojada al mar. Deja en el ánimo los trazos de una esperanza incierta porque se siente barro. Sus versos afloran con la hondura de la elegía y con el íntimo rumor de quien se sabe el secreto final: somos polvo; la primavera pasa.  El yo es un extraño que camina para habitar la noche.


2 comentarios:

  1. Entiendo que lo recomiendas más allá de la espiral de elogios que lo desparecido suele generar. Estaré al tanto en la Feria, lugar donde los hallazgos pueden tomar cuerpo.

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    1. LO que dices es cierto, Francisco; en el nicho de Enrique Jardiel Poncela, su hija Evangelina colgó el siguiente epitafio: "Si queréis los mayores elogios, moríos". Tal humor sombrío tiene su parte de certeza; la lejanía siempre propende a la hipérboles mientras que lo cercano mengua de talla. A mí la poesía de Pablo del Águila me ha gustado porque está muy cerca del intimismo figurativo de buena parte de la poesía actual. Un gran abrazo, poeta.

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