jueves, 5 de octubre de 2017

AUTOLECTURA DE "PULSACIONES"

cartel de lectura
Autora
Gloria Díez


                                       Autolectura de Pulsaciones[i]

   Una antología no es una aleatoria colección de piezas sino un libro unitario con una meditada articulación formal, unos contenidos elegidos y un tono marcado desde el título. Alude Pulsaciones al latido común entre literatura y vida de casi tres décadas de escritura, desglosado en ocho poemarios que mantienen aquí una disposición cronológica, con el añadido de inéditos que hablan de esencialidad y despojamiento; ser claro, ser preciso.
   En mi escritura prevalecen unos cuantos temas que imponen su presencia de manera más o menos continua. La entidad del personaje y las sucesivas variantes de su dimensión existencial ya está en “Heterónomos”, el único poema que aporta Rotonda con estatuas, amanecer poético editado en 1990; la fisonomía del sujeto inspira también composiciones de entregas posteriores como “El otro” y “Autobiografía”.
   No basta con existir; muchas veces ocupa la atención lo antagónico, aquello que conspira contra las previsibles coordenadas del deambular cotidiano. El enemigo está ahí, forma parte de nuestra soledad; su lucidez pone en duda convencionalismos y contradicciones, descubre la fragilidad de los dogmas. Son las pautas de Enemigo leal, donde la ironía también es una forma de aceptar los hechos consumados.
   La lógica utilitaria inspira el título de Población activa cuyo primer poema “El arte de vivir los lunes” objetiviza el tedio con un tono frío, acto para confirmar la sospecha de un horizonte limitado: hoy como ayer, mañana como hoy. Las similitudes entre el yo biográfico y el ser literario abundan en Población activa, Causas y efectos y la noche en blanco con referentes sentimentales que hacen de la convivencia una indagación sostenida, aunque sea en Causas y efectos donde el anecdotario biográfico cobre mayor presencia: los días de infancia, la presencia del padre, el aprendizaje sentimental y la fuerza de enlace con la realidad. Si manipulamos la proclama de Rimbaud que convertía al yo en otro, la nueva declaración es igualmente válida: el otro es yo.
   El espíritu romántico de Gustavo Adolfo Bécquer tuvo conciencia de que el sueño como principio de aclaración es núcleo una actitud poética. No son pocos los momentos en  que me resulta difícil imaginar qué cosas sucedieron o cuáles son fragmentos oníricos. Escribí “Acerca del sueño” en Causas y efectos describiendo esa sensibilidad sutil y etérea, cuando la realidad sale de su letargo para explorar interiores.
   Fernando Pessoa añadió una nueva dimensión al viaje; el supuesto enriquecimiento que depara el camino se convierte en un copioso inventario de pérdidas; desde este registro escribí los poemas de Largo recorrido que emplea como único metro versal el endecasílabo para subrayar la monotonía.  En la poesía realista el empleo frecuente de la primera persona, tan apropiado para el tono meditativo, tiende a confundir el ser poemático y el biográfico. Son entidades distintas, aunque emparentadas por evidentes conexiones: el primero se nutre del fondo de experiencias, vivido o imaginario, de quien escribe.
   En  La noche en blanco el yo poético se enfrenta a un estado temporal de vigilia. Fármacos y técnicas de relajación para conciliar el sueño han fracasado y anida en las papilas ese sabor acre de la noche desplegada donde los relojes laten con obstinada pereza. En ese lapso el sujeto se aplica en la construcción de otra presencia, crea un ser con el que accede a estratos emocionales: asistimos al despliegue de los sentimientos hacia un ideal que hace suyo un aserto de Julio Cortázar: “creo que soy porque te invento”.
   Ese conocimiento se inicia junto al mar, siempre símbolo de plenitud y apertura.  Los entornos naturales tienen algo de verdad inmutable que existe frente a las formas cambiantes; en ellos percibimos un ritmo sosegado, vivificador, que se transmite al espíritu. La plenitud que amplía los contornos del sujeto también aparece en ámbitos  como los esteros de Doñana, la sierra de Gredos o el hayedo de Tejera Negra, que sin nombrarse está en el poema “Hayedo”. La palabra no se atiene a las exigencias de la descripción; busca intersecciones porque hay una identificación entre el paisaje físico y la receptora del deseo; sobre esta idea versa el poema “Hipérbole” Ella se convierte en centro y toma el paso calmo de las horas. Es una presencia necesaria que impregna los tejidos del yo; alrededor están los objetos domésticos, el ámbito cercano que nos pertenece. También otras circunstancias que, en apariencia, no nos rozan pero que representan la cara más amarga de la ciudad. Están en poemas como “Autopista” o “Chabolas”, donde la mirada social incide en la desposesión y el vacío. Cada proyecto personal está condicionado por la creciente jerarquía social que condiciona el libre albedrío. A la tesis de Jean Paul Sastre “estamos condenados a ser libres” hay que añadir que tal destino no habla de condiciones sombrías.
   Una ironía próxima al sarcasmo está presente en “Resaca”, una pieza influida por el verbo nihilista de Fonollosa. El pacto de convivencia, casi de modo inadvertido, va perdiendo su capacidad de asombro y poco a poco el espejo refleja renovados rasgos de la soledad. Cuando la incomunicación se evidencia, el diálogo con el otro enmudece. Se descubre que la creación es una simple estrategia para superar ese estado de islas.
   Llega la amanecida; vuelve el ahora y el tedio, la rutina de lo laborable: el análisis superficial de la realidad. Hemos buceado en los interiores de un espejismo y corresponde el repliegue en lo individual. El final de la historia tiene el regusto de la melancolía por el sentido agónico del poema epílogo que se inspira en este haiku de Bashoo: “Habiendo enfermado en el camino,/ mis sueños/ merodean por páramos yermos”.
   Como en anteriores poemarios, hay una trama argumental y un motivo central reordenando el discurrir de los poemas. En este caso, el argumento es el aprendizaje de la decepción. Más que un desánimo amoroso individual, se habla de un estado vital; Joan Margarit ha definido este estado con una precisión demoledora: ”Llega el tiempo de no esperar a nadie”.  
   Las citas introductorias pertenecen a tres poetas por los que siento especial devoción: Raymond Carver alienta una escritura que es siempre consciente de la fragilidad de cualquier asidero; los versos de Joan Margarit proponen que estamos abocados a una situación carente de épica, en la que sin embargo es posible descubrir grietas que permiten respirar otra atmósfera; la cita de Gonzalo Rojas es una propuesta de acercamiento que sugiere la soledad superable. Otro préstamo de Gerardo Diego recuerda lo intangible, aquello que desafía el sentido de la memoria. Es escaso el sustrato cultural explícito; sólo una leve mención a La Odisea en el poema “Penélope” que rescata la conocida espera de los pretendientes. Más que la conducta grandilocuente de los héroes homéricos de La Iliada, me fascina la actitud de esa mujer que es modelo de fidelidad y firmeza; la serena espera de Penélope rebosa dignidad; obtiene la justa recompensa del regreso porque no aceptó nunca la separación y alzó con los recuerdos el andamiaje de la esperanza.
   Añado unas mínimas consideraciones sobre el enfoque formal. Si en Largo recorrido el verso normativo era el endecasílabo, ahora es el heptasílabo la medida versal más frecuente. El arte menor acelera la cadencia lectora y da levedad al poema, una circunstancia que también potencia el despojamiento de adjetivos en los títulos. Recurro al poema breve, que busca la intensidad en un mínimo desarrollo narrativo e incrementa el ritmo conversacional, fluido y comunicativo. Nunca he gastado energías en convertir una composición en un acertijo o en un enigma inútil.
   Esta visión no anula otras. Pertenezco a los que piensan que un poema no es una respuesta sino una pregunta.

                                                          
                                            



[i] José Luis Morante, Pulsaciones (Antología poética 1990-2017), Colección Wasabi, Takara Editorial, Sevilla, 2017. Prólogo de Rosario Troncoso.  


2 comentarios:

  1. Lo dicho es "la justa recompensa del regreso" así este autorretrato. Felicitaciones de nuevo.
    Ya sabes lo mucho que quiero leer esta antología tan personal.
    Abrazos llenos de ánimo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. He dejado en la buhardilla un pequeño rincón para separar las deudas ineludibles; allí están algunos libros que entregaré a David, prontito, cuando nos veamos en madrid y he dejado los tuyos, querida Gabriela, que ya te esperan con la tristura de un presente incomprensible, con la alegría del encuentro pactado con una costa abierta, como desean los ojos de los náufragos. Abrazos.

      Eliminar