lunes, 13 de noviembre de 2017

ANTONIO CABRERA. EMOCIÓN Y VERDAD

Antonio Cabrera
Fotografía de
Uno y Cero Ediciones

LA POESÍA DE ANTONIO CABRERA

                               De luz y de abstracción
              está rodeado
 todo
     
                                            ANTONIO CABRERA

   Tras las tentativas exploratorias del comienzo, Autorretrato y Ante el invierno, Antonio Cabrera (Medina Sidonia, Cádiz, 1958) consolida trayecto con el poemario En la estación perpetua, ganador del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe y reconocido, unos meses después, con el Premio Nacional de la Crítica. Aquella salida acentúa el registro meditativo y sugiere afinidades cercanas con Francisco Brines, César Simón y Eloy Sánchez Rosillo. El hilo conductor del verso hace de la indagación en la existencia veta temática esencial. Es signo que da coherencia al cauce escritural y tiene un recorrido sin apenas  alteraciones en las entregas posteriores, Con el aire Piedras al agua.
   Editado en el 2000, En la estación perpetua hace de umbral una solemne aseveración de Miguel de Unamuno: “El gran misterio es la conciencia y el mundo en ella”. La madrugadora epifanía de la claridad concede el esplendor de lo diario, esa acumulación de formas y contornos que precisan y delimitan los sentidos. La materia no tarda en guarecerse tras el cristal del pensamiento, mudo testigo de esa intacta luz de lo creado. La fragmentada percepción alumbra en la conciencia escuetas certezas de un tiempo impávido que cifra, en ocasiones, el sentido final de sus mensajes. El pensamiento se convierte en estación perpetua, en refugio tenaz de lo transitorio que, poco a poco, se va disipando en la memoria.
   En la colección de haikus Tierra en el cielo, los textos se apoyan en un monotema: las aves. Se aborda, con mínimos elementos conceptuales, una escritura de tacto exquisito en la que se encierra el acontecer natural de un elemento vivo del paisaje. Al margen de notas explicativas, las instantáneas dibujan con su triple trazo la diversidad alada del azul en vuelo; versos a la espera de una pluma en el aire, exenta de contaminaciones alegóricas. Los rasgos reales –reflejo y vuelo- mediante ojos limpios cantan esos serenos indicios de una naturaleza enaltecida. Tierra y cielo, en su humilde apariencia, es un apasionado soliloquio con la ornitología, una de las pasiones del poeta.
   La primera etapa poética de Antonio Cabrera tiene la condición de un viaje minucioso que pone rumbo a un saber introspectivo y que contempla, con sosegado estar, los espacios de una realidad transitoria con la que el ser individual establece una relación unitaria.
  Ya he aludido a las constantes vitales que conectan estas entregas de Antonio Cabrera hasta conseguir la identidad de tono: el intercambio relacional entre el hombre y su entorno natural, la proyección reflexiva de lo sensorial y el material filosófico que muestra la luz áurea del discurrir. Otras impresiones añadidas son la serenidad expresiva y el sentido clásico de su poesía.
  El cuaderno Seis poemas, editado en la colección santanderina Ultramar, adelantaba  algunas composiciones de Con el aire, entrega de 2004, tras conseguir el XXV Premio Ciudad de Melilla. Recordemos que la filosofía griega especuló sobre el aire como elemento natural. Anaxímenes lo hizo principio germinal de las cosas y Empédocles lo integró en los cuatro vértices primordiales, junto al agua, el fuego y la tierra. La atmósfera es fuente que niega el vacío y está en cualquier punto de la superficie, aportando los elementos gaseosos básicos para la vida.
  Antonio Cabrera registra en sus poemas el contacto gozoso con el aire. El sujeto verbal se acomoda en la transparencia del cielo y enumera las nítidas pruebas que conceden al aire un papel activo en el acontecer: hace posible la llama, el leve vuelo del humo, el desplazamiento de las aves y la pausada respiración de quien contempla y comparte los benefactores efectos que dan continuidad al tránsito existencial.
  De esa participación subjetiva en los procesos naturales surge una afinidad de pensamiento y espíritu, una manifiesta consonancia entre la realidad externa y la conciencia de ser. En ese fondo hospitalario discurre el cauce remansado de lo vivencial. Pero la conciencia también mira el interior, busca lo abstracto, el sesgo brumoso de la reflexión. En esos laberintos del pensar, el sosiego se torna perturbación, como si una brisa húmeda y desapacible azotara con su inclemencia.
  El título “La habitación de Leipzig” sugiere una referencia cultural inmediata. La ciudad alemana del estado de Sajonia es cuna de conocidos personajes históricos como J. Sebastian Bach y Richard Wagner. También tiene conexiones biográficas con Friedrich Nietzsche, una de las figuras más significativas de la filosofía moderna. Al comentar este poema, el poeta y crítico José Luis García Martín anula cualquier apoyatura cultural para centrarse únicamente en la nítida línea argumental: la contemplación de la amada dormida. En su estar negligente, el sueño exilia de lo real y dibuja en el silencio de los sentidos apagados oníricos paisajes que desplazan los ángulos de fuga del pensamiento. En ese estado, lo que la ciudad ofrece por la ventana abierta, esos indicios de historia y pensamiento, es simple humo, una estela que no deja espacio y que sólo recupera sitio al despertar.
  Los poemas centrales, acogidos en “Idea” discurren por un cauce meditativo. Corresponde a las palabras descubrir lo que se manifiesta más allá de la apariencia, dar voz a ese silencio ensimismado que amplía la conciencia. Lo sensorial crea inquietud porque percibe la condición transitoria de la realidad y sus continuos cambios. La claridad del pensamiento concede algunas convicciones: lo que se percibe son signos fugaces que deposita cada amanecida, acaso con un significado secreto, incontestable y mudo.
  El apartado “De mi nombre” muestra una íntima alternancia de motivos. Son estímulos para la indagación el tenebrismo de una pintura, la sugerente mudez de los objetos domésticos o el despliegue de estampas del paisaje. Un recorrido por lo diverso que plantea al protagonista verbal la ecuación de su sentido: “todo viene hacia mí, todo me esquiva”.
  Lo real instaura un orden natural y apacible en el que encuentra sitio la fugaz trayectoria del yo que contempla y abre sendas nuevas a su solipsismo: “El que cierra los ojos: el mismo que los abre. / Duermo en mí / y mi aurora está en mi nombre. / Afuera siempre, / un rumor al que acudo, una anchura / soñada o sensitiva, / ceremonial, inaccesible, intacta. “ 
 Completa el corpus hasta la fecha Piedras al agua, un libro cuyo título sugiere una dimensión simbólica. El aserto “piedras al agua” galvaniza la intuición con un significado sugerente: sobre el reposo de la plata dormida, el choque de la piedra origina una perturbación que se propaga con la misma intensidad en todos los sentidos. La quietud muda en movimiento, dibuja ondas concéntricas. De modo similar funciona la sensibilidad de quien contempla; los elementos externos propagan sus cualidades. El alrededor se posiciona, pugna por mostrarse en el tiempo; completa un inventario de huellas y evidencias. El suceder y los paisajes se complementan en un trascurso ajeno al existir de quien los nombra; plena y condescendiente la realidad se muestra múltiple. Todo es superficie, proximidad y lejanía dispuestas a ser captadas por lo sensorial: “ahora, justamente ahora, / voy a tirar piedras al agua / con las que remover / este limo contrario, / este cieno exterior / de las cosas visibles”.
   En el tramo inicial de Piedras al agua es referente clave el mosaico de formas que roza la pupila. Este enfoque muda en la segunda parte del libro donde es línea continua el trazo evocador de la memoria. La rememoración acerca también los contraluces de lo doméstico. Están los efectos duraderos del dolor y la muerte y está la angustia e inquietud que postula el manso cabalgar del presente.
 La tercera sección comienza con una poética –aunque muy alejada de la teorización metaliteraria- de aliento aristotélico; el poema medita sobre las conexiones entre pensamiento y materia exterior, y concluye de forma memorable con estos versos: “De luz y de abstracción / está rodeado / todo”. La claridad ilumina para que el pensamiento complete itinerarios en un estar armónico que observa sin alterar. La función del poema es crear un territorio de conocimiento, una vía de exploración que busca el sentido de un orden natural.
 El existir conlleva una muda de escenarios que sitúa al hablante lírico entre lo fijo y lo cambiante, en un estar que hace de lo accidental pensamiento y conciencia. La identidad del yo queda sumergida en la celebración calmada del entorno. Percibir aloja al ser en un estado existencial que nos transforma en parte de un todo atemporal.
 Si hay poetas que entienden cada entrega como un hito disperso, el quehacer de Antonio Cabrera permanece fiel a un ideario estético que aglutina filosofía y meditación de forma continua. El poema elabora un discurso natural con una expresión precisa y trasparente, en la que comparten sitio recogimiento interior y comunicación con la naturaleza, una naturaleza sin tonos arcádicos, cercana y real; el paisaje externo y el espacio interior se relacionan e identifican hasta alcanzar una nueva configuración en el poema. Al cabo, esa es la tarea esencial de la escritura: frente a lo caduco y transitorio, conceder a la existencia una realidad más profunda.


2 comentarios:

  1. Perfecto análisis, cronológico y estilístico, de la obra de Antonio. Con él se cerró el círculo de la escuela valenciana que, desde Brines y Simón, venía calando en la poesía española. Sensibilidad, meditación y naturaleza forman el trípode sobre los que levantar. Cabrera añade una afinada percepción de lo intangible. El vuelo de las aves, por ejemplo. Y una suave melodía, la que canta el gozo de vivir para ser testigo. Poeta donde beber, José Luis. Gracias por traerlo así de limpio.

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    1. Gracias a ti por dejarme entre las manos la situación personal del poeta. Desconocía completamente lo que había pasado, así que poco a poco he ido tomando conciencia de la dureza de un tiempo personal tan desapacible. La poesía meditativa de Antonio cabrera está muy cerca de mi gusto lector desde los primeros libros, volver a su obra completa es habitar la memoria con nuevos indicios de emoción y verdad. Un fuerte abrazo, poeta.

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