miércoles, 27 de diciembre de 2017

JULIÁN CAÑIZARES MATA. NAVAJAZO

Navajazo
Julián Cañizares Mata
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, 2017


NAVAJAZO

  En la nota de contracubierta, el novelista Juan García Rodenas alude a la condición natural de extrañamiento que tiene el balance creador de Julián Cañizares Mata (Albacete, 1972). El poeta ha creado un espacio verbal sin etiquetas. Suma títulos, tras casi dos décadas de escritura, en un trabajo continuo que comienza en 1999 con el libro Travis poemas, integrado en la histórica colección Provincia, aunque el conjunto Vavilonia fuera editado un año antes en las páginas de la revista Ayvelar.
  La poesía de Julián Cañizares Mata busca un tono cercano en su formulación; usa una dicción figurativa y alejada de los mecanismos retóricos  para percibir lo cercano y su carácter aleatorio e impreciso. Lo hace con versos narrativos, que resumen el paso de una identidad que se busca a sí misma y  tantea memoria e imaginación. Así comienza “Algo es algo”: “En Albacete, cuando regalas una navaja / tienes que venderla por una moneda”. De esa anécdota, tan inocua en apariencia, va sumergiendo con paso leve la estela del poema, su callado enlace con un intimismo que aflora con una percepción atenta a las conexiones entre sujeto y entorno.
  Esa recreación confesional no elude la ironía, como si el discurrir se poblara de elementos minúsculos que adquieren una relevancia sentimental en su recuperación. Así, los días de infancia se asocian al contexto visual de un niño que consume su soledad frente al televisor y guarda en el recuerdo los personajes de aquellas emisiones. El yo del pasado es un simple testigo de “Barrio Sésamo” que preserva escenas emotivas hasta acercarse al ahora, como si aquel patrimonio sensorial fuese el magma que ayuda a entender el presente.
  El uso de un léxico cercano no significa pobreza en el poema; los versos cobijan una lluvia de imágenes sorprendente y exploran las posibilidades de una realidad ensanchada desde el lenguaje, como si el entorno no tuviese límites precisos sino espacios habitables sometidos a una física conceptual con leyes propias: “Un hombre acuchilló un cajero automático / y de él salió sangre y del hombre dinero “. También se percibe de manera notoria el cúmulo de aportes culturalistas  para traspasar un tiempo concreto y hacer de la propia definición de la poesía una geografía variable y proteica, siempre propicia a la paradoja, que se va adaptando a los límites del tiempo.
   Todo el sentido orgánico del libro se sostiene sobre un objeto físico, la navaja, cuyo significado simbólico funciona como un eje orbital sobre el que se despliegan los argumentos del poema. El objeto, tan ligado al lugar originario del yo biográfico, se convierte en un elemento contextual metafísico y traspersonal. Ya no pertenece a una identidad individual sino que su estar sintoniza con actos y acontecimientos externos en los que enriquecen reflexiones y dan cauce a una notable tensión emocional. La navaja es pasado y cicatriz, y es también el filo que abre la piel al desgarro: “Que la vida corta, lo saben los árboles, los quijotes, / los osos que atacan a las personas, / los que cortan la fruta en pedazos, y se cortan / sin querer. Que la vida corta, lo saben los demás / además de uno mismo “.



   

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