lunes, 11 de diciembre de 2017

LUIS ARTIGUE. LA ÉTICA DEL FRAGMENTO

La ética del fragmento
Luis Artigue
Pre-Textos, Poesía
Valencia, 2017


LA ÉTICA DEL FRAGMENTO

   El taller de Luis Artigue (León, 1974) cultiva facetas convergentes como la ficción narrativa, la poesía y la crítica. Son rasgos complementarios que hacen recordar aquella magnífica aportación reflexiva de Octavio Paz: “La moral del escritor no está en sus temas ni en sus propósitos, sino en su conducta frente al lenguaje”. Lejos de un figurativismo asentado en la inercia, en el leonés queda claro desde su amanecida que en su estela literaria hay una terca voluntad de estilo, una personalización expresiva que tiende a sondear las bifurcaciones de la palabra.
 La ética del fragmento aporta en su semántica un guiño a la Teoría de la Recepción y a los estudios semiológicos de Mukarosky cuya idea central es que la función estética puede depender del gusto; éste se modifica con el tiempo; por tanto, la norma estética debe estudiarse como hecho histórico porque las jerarquías funcionales mudan en el devenir. Pero más allá del trasfondo teórico está el poema como diálogo  y su sentido práctico de lo poético.
   Las citas de entrada trazan la identidad de una presencia cultural, Safo, definida por el subjetivismo y por el tiempo futurista de sus versos. Postula la ruptura de cualquier arquetipo de época, y sus fragmentos literarios incorporan connotaciones versales que le conceden una posición creadora irrepetible. Tras estas especulaciones previas, la voz germinativa olvida el paratexto –título y préstamos literarios- para descubrirnos el poema umbral “Ritmo atípico”, una composición transparente, musical, proclive al juego fónico. Llenos de calidez, los versos recuerdan el ideario de Luis Alberto de Cuenca, a quien está dedicada la composición. Todo el apartado inicial busca simetrías en torno al espacio emocional y a la claridad diáfana del erotismo. Los versos se impregnan del legado monódico de Safo para entrelazar pensamiento y carga sentimental sobre la ética amorosa y su imaginario. De este modo, el erotismo se convierte en impulso y senda de conocimiento; así lo sugieren títulos de carga aforística, que dejan en el aire la sensación de una estética condensada: “El fragmentarismo sáfico como instrumento para  explicar hoy el yo en este mundo en permanente descomposición”.
  Como en entregas anteriores, La ética del fragmento hace del culturalismo un recurso básico. Es sabido que esta mirada a la tradición suele asociarse con la epigonía novísima cuya senda actual marcaron Pere Gimferrer y Guillermo Carnero. Más allá del ejercicio de brillantez literaria y del ennoblecimiento retórico del texto, el neoculturalismo de Artigue convive, sin disonancias, con el intimismo confesional y los pormenores literarios del latido biográfico. 
  El cuerpo central lo componen los poemas de “Música jazz-swing en el París de los años veinte”. En ellos se hace lugar arquetípico la ciudad del Sena en el periodo de entreguerras. Fue un tiempo en el que sus calles alumbraron un nuevo pensamiento marcado por el optimismo y el deseo de cerrar cicatrices, mientras el fox- trop  prestaba su ritmo a la música de Nueva Orleans. En el esquema sonoro del jazz, París era el ombligo del mundo. El sustrato emotivo se recupera desde el presente para que de nuevo se dibujen sus luces en la estela sentimental del personaje poético, para reconstruir una subjetividad que se hace aleatoria y cíclica, como si el discurrir necesitara espacios de acomodo donde reflejarse.
  En ese marco urbano recobrado afloran también las huellas vivas de sus personajes más relevantes. Retorna al poema la sorprendente vida de Colette y su egocéntrica sensualidad entre identidades cercanas de la bohemia; y se hace memoria la pintora polaca Tamara de Lempicka, retratista y representante singular del art decó. Luis Artigue no recurre al habitual monólogo dramático para crear la verosimilitud biográfica de la primera persona y la necesaria empatía de la confesión –lo hace, sin embargo en poemas como el protagonizado por el ilusorio ego de Hilda Dolitle-  sino que emplea la mirada omnisciente del narrador para abordar el trayecto vital desde el pensamiento, como si fuese necesario añadir al contingente biográfico la noción civilizadora en el destino personal. De este modo cada biografía de mujer se convierte en el reflejo especular de una estética y de una sensibilidad creadora.
  La amplia mirada al extenso litoral femenino empeñado en poetizar el mundo y hacer de su belleza reivindicación y resistencia, busca en el apartado final de La ética del fragmento un centro orbital. No cabe duda que el rol tradicional de la masculinidad ha robustecido el arquetipo del sexo fuerte como vértice de una sociedad patriarcal y hegemónica. Anaïs Nïn reflexionaba que el cambio de la identidad de los sexos era una cuestión compartida que exigía un hombre fuerte y débil, flexible, relativo, favorable a la igualdad antes que a la diferencia. Esa es la cuestión de cierre que argumenta la mirada poética cuando dibuja la sensibilidad del hombre de cristal.
   Luis Artigue, más allá de la ética del fragmento y de la esclarecida tradición amatoria, compone un libro complejo. En él se da la mano el poso conceptual de la identidad y sus mutaciones temporales en los esquemas básicos de la relación de pareja. El escritor busca en la biblioteca la huella firme de los protagonistas de ese cambio en momentos que han permitido significativos avances en los esquemas de representación social. Un objetivo complejo y un modo de entender la poesía como enunciación, construcción y emoción, como sondeo de la posibilidad, que expande la nube limpia de lo experimental, el ritmo singular del disidente.  



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