lunes, 8 de enero de 2018

ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. ESTADO LÍQUIDO

Estado líquido
Antonio Rodríguez Jiménez
Ediciones de la Isla de Siltolá, Colección Tierra
Sevilla, 2017

VIVIR AL PASO



  Con un notable trayecto creador, que aglutina entregas reconocidas con diferentes premios nacionales, Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978) ha hecho de la poesía una exploración del sujeto existencial. Sin altisonancias ni moralinas, el poeta escribe un verso reflexivo que hace de lo cotidiano marco natural para las palabras.
  La voz poética formula su discurso con la veracidad de tono de lo confesional. Quien habla lo hace desde la dicción transparente de un idioma comunicativo, dispuesto a la confidencia. Es un interlocutor que ocupa la distancia corta del diálogo, que se acerca al ahora para percibir el ritmo de su respiración. Somos espectadores del recuerdo. En los pliegues de la memoria, el transitar es un abanico de gestos que entrelazan la intrahistoria subjetiva del personaje y un contexto social expandido como un telón de fondo dispuesto a la representación, donde el tiempo asigna papeles protagonistas y secundarios.
  Vuelve el pretérito, para mostrar las décadas finales de la dictadura y la inmersión en un nuevo tiempo en el que las formas de vida rurales se diluyen en una sociedad que busca en el progreso un futuro habitable. Y los viejos habitantes de aquellos años van adquiriendo en la memoria una imagen idealizada, un sentido épico. Así es muy emotivo adivinar la pericia del abuelo descubriendo una víbora oculta entre los matorrales del campo abierto, o ver los elementos de un paisaje natural que cumple ciclos y adquiere en la retina el carácter de una secuencia lejana, o ver también cómo se van repitiendo en los hijos aquellas actitudes que preservaban los hilos del asombro y la esperanza. 
   El presente pierde su tacto áspero cuando introduce en sus pasos los sustratos sentimentales de la evocación. En ese entramado de horas se van marcando huellas nítidas, como la voz solemne de la abuela rememorando los días del hambre y la soledad de aquella clausura entre fogones y sordera, que cerraba la puerta a cualquier mutación de la esperanza. O se muestra el contorno de la pobreza y la mirada hacia otro sitio de una sociedad contradictoria que casi nunca se da por aludida y que sigue feliz en su representación de lo diario, con unas coordenadas hechas de egoísmo individualista, como si lo demás fuese lejano y no afectara, o la felicidad hubiese construido una burbuja que aislara para siempre de cualquier infortunio.
  El conjunto central de Estado líquido agrupa composiciones que hacen de la experiencia vital y del lenguaje páginas cognitivas. Como en esas fábulas cuyo hilo argumental camina hacia la moraleja de cierre, tras las secuencias proyectadas por la memoria se percibe un poso de claridad que sirve como luz diaria para el yo transitorio y temporal. De igual modo, las palabras adquieren, sin mitificaciones ni planteamientos utópicos, el peso firme de lo necesario. Son estrategias de permanencia: “No venero el lenguaje como si fuera un dios. / No me hipnotiza. / Me sirve  como el filo del cuchillo doméstico / o el cordón de un zapato. / Lo utilizo  / para extender palabras sobre este hilo de agua / que nos borra de pronto y que nos lleva, / sin saber nada más, / hasta el silencio “.
  Mas allá de esos escenarios desmontables que  muestra la realidad a diario, hay también pliegues de belleza que invitan a la celebración de las palabras. Son esos pertrechos que convierten al presente en una cartografía habitable como la amistad, tan presente en A., poema dedicado al escritor y amigo Andrés García Cerdán con abundantes referencias a su taller literario; la presencia del hijo que suscita imágenes de ternura, o los miedos e incertidumbres que un día se aposentan en nuestra casa y se convierten en moradores perpetuos.
  La dedicación poética de Antonio Rodríguez Jiménez presenta una alzada clásica (soy consciente de que esta afirmación no encaja en algunas perspectivas críticas sobre el autor), tanto en la fachada formal de las composiciones como en el sustrato temático; sus poemas ensayan una dicción comunicativa, sin adherencias estridentes, hablan a media voz con el ritmo controlado de quien aspira a dar a sus argumentos un vuelo reflexivo y una indagación humanista. El poeta sabe que la identidad de casi todo es una leve estela en el tiempo, caligrafía líquida que busca perdurar en el poema.

    

3 comentarios:

  1. Pleno, José Luis, no he leído aún Estado líquido, pero hay un sustrato clásico en la voz a media voz de Antonio, y una mirada que se dirige a lo humano. Es poeta de la contemplación vivida. Sin estridencias. Y con el enorme respeto por el lenguaje, al que no exprime, pero que respeta y mima. Me gusta su actitud, algo alejada de escaparatismo. Gracias por traerlo, por recordármelo. Buen año, amigo.

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    1. Cuánto sabes de poesía contemporánea, querido Paco; defines la trayectoria de Antonio Rodríguez Jiménez con el verbo claro de la transparencia. Es un machadiano; sí, un poeta que no necesita alzar la voz ni ponerse en el primer plano, que se mueve en lo horizontal, como si los poemas fuesen autónomos y capaces de moverse solos, buscando emoción y complicidad, así que el libro te encantará. Un abrazo de nuevo.

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  2. Un apunte, no sé si necesario para esta reseña: he preferido obviar el referente cultural que remite a la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, tan prestigiado en la sociología actual y en sus teorías sobre el desplazamiento del poder de licuefacción del sistema a la sociedad. Creo que los poemas de "Estado líquido" no necesitan el tejido adiposo de la teoría sino la ventana abierta de la reflexión emotiva, siempre más cálida y cercana.

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