miércoles, 25 de abril de 2018

ANTONIO MORENO. MÁS DE MIL VIDAS

Más de mil vidas
Antonio Moreno
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2018


IMPRESIONES


   Si hubiese que definir al vuelo el arte poética del tiempo digital, sería insoslayable comentar la eclosión de las formas breves. El cultivo del aforismo en los últimos años muestra un vitalismo inusual, y lo mismo sucede con la estrategia expresiva del haiku, una estrofa activa que se ha liberado en su empleo de los caracteres canónicos del origen foráneo. La actual etapa creativa de Antonio Moreno (Alicante, 1964) ha optado por esta forma de versificación y entregó en 2016 el libro Unos días de invierno, un poemario escrito en un estado perceptivo insólito, según manifiesta el escritor en nota epilogal.
   Más de mil vidas incrementa la multiplicación de panes y peces en torno al haiku, La sensibilidad se despliega ecléctica y esencial y da vida a un haiku que es sutileza, un mirador que usa el lenguaje con rigor extremo. En él todo es depuración y voluntad de forma. El sujeto elimina distancias entre ámbito reflexivo y espacio entornal y ambos aportan fragmentos que se suman en un todo orgánico. Se logra así una pautada interpretación de lo diverso.
   Es sabido que Antonio Moreno tiene en su amplio recorrido literario un nítido sello meditativo en el que la naturaleza ocupa un núcleo vinculante con su palabra. Así mismo, la existencia deviene círculo paradójico donde marcar esas huellas propias que constituyen ensamblajes de asombro y rutina: “Más de mil vidas / las de quien anda y lleva / su afecto al alba”
   En los puntos de luz de la contemplación se hacen presentes, como señales de lo transitorio, elementos naturales que de pronto adquieren un perfil relevante, que anula el palpitar ensimismado del sujeto: “Entre mis dedos / a punto de soltarlo, / el saltamontes”, “Lo inescrutable: / las agujas de pino / que el pie contempla.”, “Pasa una mosca / junto al perro que muerde / de golpe el aire”.  La percepción abre un proceso cognitivo que humaniza el entorno; nada resulta ajeno. El yo se integra en el decurso de un ciclo vital que remoza los límites de lo real porque suscita respuestas sensoriales y estímulos del pensamiento.
   Salir al día es dejar que emprenda senda la conciencia y que experimente en sus incertidumbres que lo transitorio es un don que da voz y sentido al estar: “Todas las formas / -oh  flor, fruto, semillas- / donde está mi alma”, “Feliz quien ve / la ondulación del trigo / y da las gracias”, “Cómo enraíza / saber que cada piedra / también me escucha”.
   Como sucede en magisterios vertebradores como Francisco Brines o Eloy Sánchez Rosillo, Antonio Moreno es un poeta del tiempo. Sus haikus capturan secuencias marcadas por lo sucesivo: “Después de todo / quedará el mismo mar / para otros ojos”. Dejan impresiones de un trayecto que parece a punto de desvanecerse, pero cuyas brasas calientan a diario el fervor existencial. Son humildes briznas, relieves que moldean una perspectiva moral. Invitan a cantan el valor de lo humilde, ese legado inadvertido, complejo y simple, que rebrota a diario para el canto: “Por la rendija / el mar, la luz del mundo, / alguien que pasa”.



martes, 24 de abril de 2018

CHATARRA

Manierismos
(cementerio de coches de Chatillon, Paris)
Archivo Pinterest

CHATARRA


Buscamos en la lejanía causas
 que suelen estar muy cerca,
 en nosotros mismos.
                                                                                                                                                                                    LICHTENBERG

  
El pesimista es tan clarividente que anticipa el fracaso


Cada trayecto se refugia en la lectura minuciosa de un viejo periódico. Disimula su capacidad de observación. Conoce la fisonomía de todos los fantasmas que viajan en los vagones vacíos.


Su idoneidad como corrector quedó demostrada cuando encontró varias faltas de ortografía en un poema de Juan Ramón Jiménez.


El egoísta hace del yo apócope de nosotros.


Las ideas ajenas sobre la conciencia de un sujeto dependen de las  palabras; la opinión del yo sobre sí mismo depende de los hechos y del triste oficio de la ocultación.


Utiliza argumentos que recuerdan carnavales de pólvora.


Cómplice del futuro.


Tiene una memoria prodigiosa, capaz de hacer real una mentira.


Los que mienten consiguen interpretaciones magistrales.


En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.

La autobiografía convierte a otro en protagonista.


Hay escritores que en cada libro se definen como palabreros aficionados.


El delito de los que perpetran décimas cortas es el de malversación de formas.


Los minimalistas dogmáticos pueden confundir el haiku con un cantar de gesta.


No quiere que nadie se dé cuenta de sus peticiones de auxilio.


Los cementerios de coches abusan del retorcimiento manierista.


Me dispongo a escuchar. El ruido de las palabras hilvana preguntas que confirman la falta de respuestas. Después habla el silencio y hay una extraña sensación inmóvil.


Los andenes ferroviarios son espacios ambiguos e imprevisibles en los que se respira la quietud de la ausencia; nadie sabe quién se va o quién se queda.

(Del libro Mejores días, Mérida, 2009)



lunes, 23 de abril de 2018

SABIOS CONSEJOS

Lake Word
(Florida, USA, 2013)
Fotografía de
Javier Cabañero


SABIOS CONSEJOS

                   En el Día del Libro


Tanto naufragio en verso,
tanta huella en el agua,
tanto mirlo posado frente al mar
incomodan mi estancia en la tranquila
pensión de solitarios terminales.
El huésped más antiguo
sugiere a la patrona mi partida inminente
ante de que las plumas nos descubran
a un vengador destino
y peligre la idílica existencia.
Otros (más generosos)
desde el primer momento me perdonan
y juran rescatarme de un mañana infeliz.
me recomiendan cosas de provecho;
que, por ejemplo, escriba un guión de cine.

Lo intentaré. Palabra.

                ( De Enemigo leal, Sevilla, 1992)






sábado, 21 de abril de 2018

LEÓN MOLINA. MICROMICÓN

Micromicón
León Molina
Takara Editorial, Colección Wasabi
Sevilla, 2018 


RESCOLDOS


  Nacido en Cuba en 1959, pero afincado en España desde su infancia, León Molina ha protagonizado en la última década un crecimiento insólito en el trayecto creador. Su obra se bifurca en dos géneros complementarios, poesía y aforismos, estrategia expresiva en la que destaca como una de las figuras esenciales del ahora como cultivador de la escritura concisa y como estudioso y antólogo.
  La estela lírica arranca en 1994 con Señales en los puentes y se va pausando en entregas como Breviario variable, El son acordado, Llegar, El taller del arquero, Un hombre sentado en una piedra, Ruinas y la compilación Esperando a los pájaros del sur.
  El título de la nueva salida poética de León Molina, incorporado a la colección Wasabi, que coordina la poeta Rosario Troncoso, Micromicón es un neologismo cuya etimología fusiona dos referentes nítidos. Es una incisión momentánea en el universo ficcional de Don Quijote por cuyos capítulos deambula la sensata princesa Micomicona; y además alude al cultivo de las formas breves y a su obstinada indagación en lo depurativo; hace visible la suma conceptual de que menos es más. Sus micropoemas saben caminar por la caligrafía “Ligeros de equipaje”; así se expande el texto de presentación, que arranca su voz introductoria aludiendo al momento áureo que protagoniza la escritura mínima. Y así es, aunque faltan todavía por determinar qué factores han dinamizado esta floreciente producción minimalista. Su cultivo coincide con el auge de la eclosión digital y con la expansión de puentes comunicativos que buscan su eficacia en la poda de digresiones y en el muestreo de líneas esenciales. Sin duda, como ratifica el liminar: “Esos versos que quedan en la memoria son su quintaesencia mejor destilada y más valiosa”. Naturalmente, la forma breve no resta estima a trabajos literarios de distinta extensión ni certifican de inmediato su proximidad a la intrascendencia; por lo que, una vez más, los textos mínimos tienen que elaborarse con el convencimiento de que deben cumplir las mismas reglas de exigencia y calidad que los de talla superior.
  Dada la disposición versal de algunos textos de León Molina, el haiku –sin establecer su triple arquitectura versal- parece afianzarse en la página con su propensión a la naturaleza y con su empeño en dibujar una poesía de estaciones en la que se refugia la sensibilidad. Con esa cadencia que entrelaza sentidos y entorno nace el texto: “Al atardecer en el porche / barriendo las luces caídas”, “Mis ojos ramoneando / los brotes de luz en las piedras”, “El sol pastoreando los trigales con sus perrillos de luz”; también está presente de continuo en el discurrir vital el estar transitorio, ese margen de cronología marcada por lo temporal: “No da tiempo en la vida / a que te cubra el musgo”; ese aposento transitorio no constituye una invitación al tono nocturnal, porque es posible también adentrarse en su decurso como enlace de un ciclo natural de epifanía y vida nueva: “A veces me consuela un pensamiento: / el tiempo que de mí se escapa / fluye hacia ti”, “Brotó de nuevo el olivo cortado. / Vuelven sus frutos al paisaje / brillando sin rencor”.
   No siempre la mirada viaja fuera, es necesario a veces recorrer las huellas propias para encontrarse, o, al menos, para seguir manteniendo entre los labios las preguntas esenciales que definen al yo personaje: “Nunca he sido de aquí del todo / ni uno de los vuestros completamente. / El vuelo que despegó de La Habana / cincuenta años atrás aún no ha llegado “. Esa indefinición espacial del lugar propio concede una mayor comprensión de la soledad y de la condición de trasterrado.
 Frente a la ostentación erudita y al formato resplandeciente, Micromicón  empequeñece sus contenidos, como si lo profundo del ser necesitara descubrir un mundo tangible, hecho para habitar el puño cerrado de lo cotidiano. Los mínimos poemas salen al día para percibir los callados destellos que duermen en la oscuridad, esa grandeza inadvertida que habita en las cosas más elementales, el pulcro patrimonio que nos reconcilia con la existencia. 

 







viernes, 20 de abril de 2018

UNA CALLE VACÍA

Ángulos
Fotografía de
Javier Cabañero 



UNA CALLE VACÍA

Hoy recorren mis pasos esa calle
que no esconde ningún itinerario.
Todas las calles fluyen dócilmente
al mar de cualquier sitio,
cierran con parsimonia una distancia;
pero ésta alarga al infinito su trazado,
pretendiendo ignorar dónde concluye.
Amo el cuello sumiso de sus farolas verdes,
los reflejos chillones de sus autos a plazos,
la cal que habitan líquenes y musgos;
y amo sus papeleras -cielos para despojos-
singulares regazos donde nada perturba
el aliento feliz de lo caduco.

               (Antología Pulsaciones, 2017)







miércoles, 18 de abril de 2018

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. JARDIN(E)S EXCEDIDOS

Jardin(e)s Excedidos
María Ángeles Pérez López
Edición bilingúe con traducción al portugués de
Carlos d'Abreu
Lema d'Origem
Carviçais, 2018 


ANDAMIOS INTERIORES


   En 2017 llegó a las librerías Cardinales, muestra poética, un tanto especial, que casi pasó inadvertida, a pesar de editarse en Huerga & Fierro. Estaba coordinada por José Luis Morales e incluía ocho poetas diversos, agrupados en torno a un ciclo celebrado en Madrid, entre 2014 y 2017. Allí estaba María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) con doce poemas representativos, bibliografía básica, fotografía en primer plano y liminar entusiasta, que definía más la personalidad biográfica que el ideario estético. No obstante, en él se trazaban algunos juicios atinados:“un lenguaje de capacidad metafórica y visionaria, que, libro a libro,  sin renunciar a su proyección simbólica ni a su brillo analógico, se ha ido tornando en palabra cada vez más precisa, más incisiva, más exacta”.
  La edición bilingüe Jardin(e)s Excedidos, con versión al portugués de Carlos d’Abreu, completa una indagación del singular verbo poético a partir de 28 poemas de distintos momentos creadores. No se cita la procedencia de los mismos, una carencia que se reitera también en antologías más amplias como la reciente Algebra de los días, con traslado al italiano de Emilio Coco, publicada en Rimini en 2017 por Raffaelli Editore.
 Así que me parece necesario ubicar la cronología lírica de María Ángeles Pérez López cuya presencia en el ahora poético arranca en 1997 con Tratado sobre la geografía del desastre. Aquella entrega, hilvanada con algunos magisterios esenciales como Vicente Huidobro, César Vallejo y Claudio Rodríguez, interroga la memoria para dejarnos una conjunción de imágenes que habla de intimidad y erotismo, que se aleja del verso referencial para apostar por la sugerencia y el soplo entrevisto del onirismo: “Los nombres de unicornios maldicientes / guardan olor de labios empolvados / o pedazos de semen para el tedio. / También nuestras ratas más ocultas / tienen derecho a un párpado y a ortigas / para acallar las voces del deseo.” En los versos cabe el temblor de las sensaciones y ese destello luminoso de quien dibuja andamios interiores. Dicha salida tuvo una continuidad inmediata. Un año después aparecía, tras ganar el Premio Tardor, La sola materia (Alicante, 1998). Desde un objetivismo sentimental que busca despojar la materia de cualquier hermetismo, los poemas abren un escaparate perceptivo. Quedan expuestas las marcas del origen, las palpables formas de las cosas como garantes de quietud intacta donde se acumula una superficie de rutina y tránsito. También se reconoce una sensibilidad femenina aplicada en tareas que han ido definiendo en el tiempo esa labor diaria que desprende trazos volátiles de un universo personal, cuajado y vivo.
   Carnalidad del frío, reconocido con el Premio de Poesía Ciudad de Badajoz abre una nueva senda escritural. La voz reflexiva explora desde dentro el lenguaje. El poema se hace más incisivo, mira sobre si mismo para hallar la razón que sostiene los significados. La intemperie deja su peso sobre el presente y expande una atmósfera de soledad y pérdida en la que la identidad solo encuentra refugio tras el muro de signos que las palabras alzan. Ya en 2004 aparece La ausente, una entrega en clave autobiográfica. Con voz directa y foco indagatorio, se expande en los poemas  el temblor perceptible del devenir. El acto de ser contiene en sus repliegues un sesgo paradójico; sus contraluces cobijan las sombras del dolor y las certezas mínimas de una memoria espesa y fragmentada.
   Los cuatro libros citados, escritos entre 1995 y 2009, se integran en el volumen Catorce vidas (Diputación de Salamanca, 2010). El conjunto se define, desde la mirada crítica del poeta, ensayista y traductor Eduardo Moga como un legado fuerte en el que resaltan como signos diferenciales la investigación de la forma, la decidida inmersión en los tumultos del cuerpo y el empleo de un lenguaje incisivo y metafórico.
  Son caracteres que perseveran en los nuevos pasos. Integrado en Olifante en 2012, Atavío y puñal despliega composiciones que hacen de la identidad subjetiva un núcleo argumental recurrente. Es una entrega esencial por su despliegue verbal y por la densidad semántica de un lenguaje muy rico, que borra los rasgos concretos de la intimidad para moldear un arquetipo de la mujer, un yo paradigmático en el que caben el dolor y la mujer rota, la belleza corporal, el aprendizaje de la decepción y la felicidad de la búsqueda. En la excelente resolución argumental, el cuerpo habitado por la enfermedad concita una anónima memoria en el que la metástasis se define como una abrasiva lengua purulenta que precipita una insólita intensidad reflexiva.
   Su último quehacer autónomo, Fiebre y compasión de los metales se impulsó en 2016, en la colección poética del sello Vaso Roto. La fluencia verbal de Juan Carlos Mestre, con intensa dermis lírica, incide en el latido que tiende puentes entre materia y simbología para espaciar lugares propios en los que se refleje el alma del mundo; nunca faltan en la razón del poema las correspondencias éticas y las interrogaciones solidarias que hacen de los linderos de la realidad signos caligrafiados y desvelos, con nuevas zonas de significado.   
   Peo la escritura de estos poemarios no se enrosca sobre sí misma; se expande en frecuentes compilaciones que confunden en su desarrollo pasado y presente y que rescatan a las composiciones de su estar orgánico para que de nuevo restauren sus significados y confluyan en otras lecturas. Así nace la compilación Jardin(e)s Excedidos.  Concebida como una breve antología temática, Jardin(e)s Excedidos define un territorio en el que sopla con vehemencia la subjetividad del ser femenino. Los contenidos sondean las características reales y simbólicas, enfocan perspectivas ideológicas y abordan actitudes que subrayan características genéricas. De este modo el ser femenino se construye desde un aprendizaje lento y sostenido. Nace así una disciplina del temblor que debe superar una supuesta culpa primigenia, como ángeles caídos, como nombres alados que buscan sitio  y quietud en el aire al paso del invierno. 
   En la conciencia creadora de María Ángeles Pérez López nos admira el compromiso con la existencia de un sujeto verbal definido por la calidez de un lenguaje exigente y expandido en sus significados. Poesía que nunca pierde la firme voluntad de ahondar y esclarecer en los andamios del proceso vital, mientras el tiempo fluye.

        

lunes, 16 de abril de 2018

EL IMPOSTOR

Respiración dormida
Imagen de Pinterest



EL IMPOSTOR

Un sueño es la mitad de una realidad
JOSEPH JOUBERT

   Sin ángulos muertos, en el largo tránsito del sueño se vio a sí mismo prodigando actitudes insólitas. Cerró los ojos ante aquellas imágenes patibularias. Su comportamiento estaba lejos del molde de rigidez victoriana que se atribuía. Era un impostor. Debajo de la historia existencial permanecía el registro intacto de otra biografía. Necesitaba una purificación extrema. Sintió en el pecho la punta de aguja de la desolación.
  Empezó por no respirar. Ahora sabe que solo cuando duerme retornan las cosas a su funcionamiento natural. 

(Del libro en preparación Cuentos diminutos




domingo, 15 de abril de 2018

PUNTOS DE FUGA

Lejanía
(Las Cogotas, Ávila)
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana



AFORISMOS  Y PUNTOS DE FUGA

Para Adela,
 camino íntimo.
 Punto de fuga

  
No encuentro en mi interior nadie en quien confiar.
  
Si miras con atención el lugar que ocupas, donde estás no hay nadie.

En el apagado discurrir del tiempo, adanes primigenios que aguardan todavía una manzana.

Esas madejas que apelmazan los hilos sueltos.

En la poesía bucólica, espontánea colaboración de una coral ecológica: piedras, juncos, pájaros y nubes…

Carne tranquila. Senectud.

Para las digresiones con desconocidos los intermediarios más eficaces son la elusión y el silencio.

La poesía es un yo caligráfico, angustiado por su propia identidad.

La autonomía imaginativa del sueño requiere folios blancos por su inclinación a lo imposible.

El subconsciente poético confía en el potencial de los precursores.

Punto de fuga. Nostalgia de un lugar que no existe.

(Minima antología de aforismos)






sábado, 14 de abril de 2018

FRANCISCO JIMÉNEZ CARRETERO. LAS HORAS SIN DUEÑO

Las horas sin dueño
Francisco Jiménez Carretero
Premio Alcap Internacional de Poesía
Colección Alcap de Poesía
Castellón, 2016


TALLOS DE LUZ

   El trayecto lírico de Francisco Jiménez Carretero (Barrax, Albacete, 1948) elude los tanteos iniciales del apresuramiento editorial para salir a las estanterías con una voz formada. Así se percibe en las entregas Con la tierra de por medio, veinte canciones de Amor y una canción de Esperanza, y Aún se forjan navajas. En ellas salen a superficie los estratos temáticos esenciales de su recorrido: el horizonte expandido del paisaje, el legado sentimental y una mirada introspectiva que conexiona enlaces entre la percepción subjetiva y el entorno. Así ha ido creciendo un quehacer que ha conseguido abundantes reconocimientos, como el que da pie a esta lectura: el Premio Alcap internacional de poesía al poemario Las horas sin dueño.
  El umbral crítico, que firma Antonio Gutiérrez González de Mendoza, comenta el orden orgánico de esta colección de poemas y la prevalencia en su primer apartado “La fugacidad de la luz” de un elemento referencial que muestra los contornos y trazos de las formas que rescata la percepción. Mientras que en la segunda parte el intimismo y el olor a espliego confidencial cede sitio a otros núcleos de interés como el viaje como fuente de vivencias y reflexiones, la naturaleza como asiento permanente de belleza y los hilos pensativos del afán escritural.
   Se hace evidente en el aserto compilatorio del libro la importancia del devenir. El título “Las horas sin dueño” evidencia la semántica del fluir y el carácter testimonial que personifica en su contemplación y en la asunción de mutaciones la propia identidad: estar es percibir.
  Esta función básica del sujeto lírico, como afirma el poema “Exordio”, el generoso don de la existencia. Cada instante deja su estela de claridad y transparencia, la cuajada cosecha que se arracima en la apertura sensorial. La luz proclama el alba, ese sol necesario que degusta el esplendor callado de lo transitorio como una senda abierta. Y es el sujeto, presencia que hace suyo el instante, quien toma posesión de las cosas en el pensamiento. Allí la luz desborda y toma pulso a lo fugaz; lo sucedido es pretérito y solo retorna como callado rumor de la nostalgia o en los labios mudos de la evocación: “En qué lugar del mundo / encuentro yo una patria / donde lo transitorio / aún me acerque a lo eterno / donde todo lo que pase permanezca”.
   Se abre así en los repliegues del pensamiento un espacio interior donde se cobijan los tallos de luz, las siluetas veladas de aquello que fue. Allí se asientan las sombras y ausencias cuyas huellas perduran como íntimos acordes para ahuyentar la soledad. Poemas como “nostalgia”, “Ella” o “Se ha dormido en el sueño” ponen lumbre y tristeza a la memoria como adherencias firmes de un claro manantial interior.
  Si el comienzo de Las horas sin dueño propicia una poesía meditativa que entrelaza sensaciones y voz confidencial, donde la luz conforma un símbolo capaz de albergar los matices de lo transitorio, en la segunda sección, “Sobre qué alas de pájaros” los contornos y matices entornales se definen como un sólido legado en medio de la luz. Se oye una nítida proclama celebratoria en la que toma cuerpo el esplendor de la realidad como respuesta al hecho de vivir. Lo cercano es refugio y acogida y en su seno es posible estar con actitud horaciana. Se describe esta sensación en el cierre del poema “El musgo”: “Alienta este paisaje tan humilde / a proyectar las cosas desde abajo, / desde la roca madre y, como el musgo, auparse en los cimientos de la vida / para ver tras el límpido horizonte / los destellos del sol cuando amanece”.
   En Las horas sin dueño la palabra sirve de envoltura a las teselas humildes de lo cotidiano. Con cuidado rigor formal y con cercana dicción se expresa la cadencia de un discurrir que entrega a quien lo percibe un hábitat múltiple, que reconcilia ayer y ahora, que nunca deshabita la esperanza.  


      

viernes, 13 de abril de 2018

RELOJES

Goteos
Archivo de Pinterest


RELOJES

   Aquel invierno adquirió un domicilio antiguo. Piedras frías y cimientos gastados, que se silueteaban sobre el roquedal. Llenó sus habitaciones de relojes adquiridos en los mapas abiertos de sus viajes. Todos funcionaban, pero las agujas nunca coincidían en la hora marcada. Intuí una estrategia misteriosa para que pasado, presente y futuro cohabitaran en el mismo espacio, un sitio clausurado y angosto, donde el tiempo no podría huir.

(De Cuentos mínimos



jueves, 12 de abril de 2018

ANA MARTÍNEZ CASTILLO. LA DANZA DE LA VIEJA

La danza de la vieja
Ana Martínez Castillo
Prólogo de Antonio Rodríguez Jiménez
Ediciones de la Isla de Siltolá
Colección Tierra
Sevilla, 2017

GEOGRAFÍAS ONÍRICAS



   Algunas compilaciones antológicas como El llano en llamas (Fractal, 2011) o La Escuela poética de Albacete (Celya Editorial, 2016) han dejado entre los lectores de poesía la refrescante visión de un paisaje lírico en plena floración. Trasciende, con mucho, la periferia marginal de la provincia para sumar al ahora lírico en castellano un listado de voces que llena con su luz los estantes poéticos o que se reconoce con selectos certámenes. A ese plural poético se incorpora Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978), docente en ejercicio, poeta desde su juventud, cuentista y colaboradora de prensa.
  He señalado la temprana vocación lírica de Ana Martínez Castillo porque La danza de la vieja, su amanecida literaria, se editó en 2002. De esa contingencia se ocupa el liminar de Antonio Jiménez Rodríguez, un texto necesario para percibir el contexto de la autora y la profundidad de sus mutaciones en el tiempo. En el enfoque crítico se hace palpable la sólida textura de un quehacer que ofreció hace menos de un año el poemario Bajo la sombra del árbol en llamas, una entrega –y vuelvo a la sabiduría reflexiva del prologuista- que  comparte “un único entramado plagado de símbolos, imágenes  y referencias que nos remiten al rico mundo de su autora  y a su original concepción de la poesía”.
  El introito recurre a la prosa poética como molde expresivo, lo que acentúa la función situacional del sujeto poético y el ámbito nocturnal en el que se manifiesta su identidad. La vieja es quietud y silencio, un amparo desasido de brotes que ha ido apagándose en el discurrir del tiempo. El trayecto va trazando los rostros de otras identidades, como si en la evocación retrospectiva se fuesen rescatando del pasado las figuras en manos del silencio; así, el padre y la madre como garantes de lo emotivo y como refugios frente a la intemperie para preservar la infancia y ese mundo idealizado de nanas y miedos.
  La luz se contamina de inmediato por las sombras y son muchas las imágenes que dan a lo transitorio una apariencia de inquietud. Se desmigaja el día y alrededor de ese patrimonio de horas se convoca un extraño desorden –arañas, grumos de frío, mendrugos de silencio-, un enjambre de elementos simbólicos que ponen en la lectura literal del poema un foco luminoso y simbólico. Así se va gestando una identidad en el tiempo que se nutre de azar y contingencia, que a veces necesita la prosa justificatoria de una carta para avalar el sinsentido, o que va moldeándose en la extrañeza, desde la niña a la vieja, desde los muslos de plata a la piel oscura y cuarteada.
  La poesía de La danza de la vieja vela su sentido explícito para que los poemas adquieran una carga hermética a contramano de lo lineal. Así sucede en el poema en prosa “El titiritero” que cautiva por su excelente resolución formal y que exige un fuerte tono introspectivo en la amanecida improbable de su significado que se desenvuelve como si fuese una escenificación: “…Pero a veces hay que darle cuerda  a la muerte y que no chirríe, como si fuese cajita de música o muñeca mecánica, como si fuese engranaje,  reloj o nudo”.
   Lejos de la poblada nómina del realismo y nutrida con un magisterio plural y heterodoxo en el que nunca faltarían Leopoldo María Panero, Ray Bradbury y Bram Stoken, el verbo poético de Ana Martínez Castillo apuesta por lo ficcional, el vuelo imaginario y el onirismo. Apuesta por la obra literaria que busca el extrañamiento y la intuición para configurar una geografía imaginaria. Así crea en La danza de la vieja un escenario en tinieblas, un contraluz poético que descubre en los ojos de una anciana el retorno infantil de quien regresa al sueño.         



miércoles, 11 de abril de 2018

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY. LE PETIT PRINCE

Le Petit Prince
Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)
Reynal&Hitchock, Edition Gallimard
Paris, abril de 1943



EL PRINCIPITO
  
Para mis hijas, Irene y Ana,
que ocupan en las páginas de El Principito
el planeta de bolsillo donde estuvo mi cuerpo


   Pasé mi infancia y adolescencia sin la rosa de los vientos de El Principito. Un asunto trágico que, seguramente, sea causa directa de patologías y de mi incapacidad para distinguir sombreros y elefantes, onirismo y realidad; es sabido que lo esencial es invisible a los ojos. No fue curiosidad intelectual ni elección clandestina. En las aulas juveniles del vitalismo fue una lectura recomendada por el profesor de francés, quien además puso como contrafuerte Antígona, por si queríamos conocer el muro contrahecho de la tragedia, ese lugar donde no hay rosas ni girasoles porque es de noche.
  Aquel asunto de ordeno y mando, me acurrucó en el líquido amniótico de Antoine de Saint- Exupéry. Desde entonces, como un satisfecho inquilino vocacional,  me quedé a vivir en sus palabras y en la geografía visual de sus ilustraciones.
  No pienso salir al frescor desapacible de las calles sin libros. Alguien me ha susurrado que “los adultos son gente muy extraña”.

(De Cuentos diminutos)

martes, 10 de abril de 2018

VICENTE VELASCO MONTOYA. CON TODO ESTE RUIDO DE FONDO O EL IMPERIO DE LAS LUCIÉRNAGAS

Con todo este ruido de fondo
o El Imperio de las luciérnagas
Vicente Velasco Montoya
Prólogo de José Siles González
Chamán Ediciones
Albacete, 2018


SENTIR LA NADA

   Me acerco a la poesía de Vicente Velasco Montoya (Cartagena, 1976) atraído por la extraña asimetría de un título que sacude la conformidad lectora. El gestor de la librería La Montaña Mágica, de Cartagena, ha publicado hasta la fecha los poemarios Ningún lugar (Jaén, 2012) y Principio de gravedad (Cartagena, 2015). En la misma secuencia cronológica –tres años después- ve su despertar el tercer poemario, con un pausado prólogo de José Siles González  que recuerda los rasgos nucleares del poeta: la búsqueda incesante del sentido existencial que dé cuerpo e impulso al discurrir, el carácter catártico y depurativo de la razón poética y el magisterio plural de voces como Wislawa Szymborska, Ángel González, Antonio Marín Albalate o Manuel Valero, por citar solo algunos referentes próximos.  Poesía, por tanto, que propone un viaje intimista en lo temporal y cuyo afán introspectivo no pasa por alto la ecuación de lo colectivo.
  Vicente Velasco Valero emprende viaje explorando un verso narrativo, que da al texto la apariencia de cuento reconvertido, concediendo al poema un espacio para el desarrollo argumental. Desde esa actitud de reconstrucción y búsqueda van aflorando  gestos inteligibles de una existencia marchita y anodina que suele desembocar, a diario, en la plaza estrecha del desencanto: “Nunca los tiempos fueron fáciles para nosotros / y el sabor amargo nos ha acompañado / en el paladar como hierro frío / sumergido en las copas de Aquiles y Patroclo”.
 El poemario no cierra los ojos a un tiempo presente definido por parámetros contradictorios. Caminan por cercanas aceras el pragmatismo y la deshumanización, las dificultades y la idealización falseada de la publicidad en su efectiva táctica de fabricar burbujas a medida. Esa higiene decorativa, que borra desconchones y relieves, para mostrar el mediodía saludable del progreso justifica el empleo de la ironía, un recurso expresivo que da pie a excelentes composiciones como “Amnesia”. Pero el sentido crítico se justifica sin estrategias de objetivación. Si vivir es sentir la nada, los versos configuran una sensación de malestar y rechazo frente a un trayecto que anula rincones a la esperanza. El marco urbano engendra al percibir una cacofonía de voces sin mensajes el que nunca sale a flote el afán comunicativo. Apenas se visualizan los nombres comunes de las cosas en este magma informe. Todo el entorno aparece contaminado por un pesimismo atroz, como si la realidad fuese un artesonado de ficción proclive a desmantelarse en cualquier momento: “Einstein tenía la razón absoluta. / Chaplin también / Si parpadeásemos lo suficientemente rápido, / la vida se transmutaría en un sinsentido / de fotogramas que, poco a poco, / irían perdiendo su color”
   La invitación al pesimismo tiene en el espacio literario algunas figuras de culto como Alejandra Pizarnik, Elizabeth Bishop, Sylvia Plath o algunos vértices de la generación beat. Sus voces han propiciado una cristalización verbal que amalgama lucidez crítica, nihilismo y un rechazo fuerte de la disolución de la identidad personal en los abismos cercanos e intangibles de lo cotidiano. A esa herencia versicular se incorpora Vicente Velasco Montoya para reflexionar en sus textos sobre el sinsentido; y lo hace con la cadencia de una poesía precisa, carente de exabruptos retóricos, que admite en sus parámetros la mirada indagatoria del yo, ese juego de luces que amplifica el empeño de salir al día.




   

lunes, 9 de abril de 2018

RETORNOS Y LUNES

Retornos
Fotografía de
WordPress.com



EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES    

                  Para Pilar Vázquez
                  por aquellos años  que aprendimos juntos
                  el arte de vivir los lunes                        

El arte de vivir los lunes
requiere cierta práctica y algo de teoría,
saber de estratagemas y confabulaciones
y adjetivar la prosa cotidiana
con una terca voluntad de estilo.
Incontables acechan
los peligros desde el primer café,
crecen cuando un olor
anuncia escuetamente la leche derramada,
se reproducen con duración de días laborables
y en guardia se mantienen,
tal seguros precintos,
entre los pasajeros del tren crepuscular
que nos devuelve a casa,
al reclamo del lecho hospitalario.
El arte de vivir los lunes
sobrevive y se esconde
en vacuas reflexiones como ésta:
nada es eterno, salvo un lunes.

                                            (De Población activa, 1994)





domingo, 8 de abril de 2018

RAFAEL MORALES BARBA. POÉTICAS DEL MALESTAR

Poéticas del malestar
Rafael Morales Barba (Ed.)
Prólogo de Antonio Gamoneda
Ediciones El Gallo de Oro, 2017


POÉTICAS DEL MALESTAR

   El volumen Poéticas del malestar, editado por Rafael Morales Barba (Madrid, 1958), tiene una apariencia didáctica imponente. Sus seiscientas veinte páginas constatan un moroso quehacer. Dan fe de la dedicación exhaustiva del profesor universitario frente al discurrir del cauce poético contemporáneo. Es un campo de investigación al que ya se acercó en las páginas críticas de Última poesía española (1995-2005), La musa funámbula y Poetas y poéticas para el siglo XXI en España.
   La obra incorpora un pórtico firmado por Antonio Gamoneda, donde insiste –es una cuestión recurrente en el poeta leonés, como lo fue en José Ángel Valente- en su no pertenencia a la Generación del 50 y en su alejamiento de las componendas promocionales del Grupo de Barcelona, tan explicadas ya por las memorias de Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald, o por las entrevistas y escritos autobiográficos de Jaime Gil de Biedma. Queda claro, por enésima vez, que respirar el contexto histórico del franquismo y el ambiente social y cultural de aquel tiempo histórico no mimetiza rasgos ni hace del gregarismo un refugio poético compartido. Es verdad; la manifiesta insularidad creadora de las voces del medio siglo ha generado un magisterio expandido en el tiempo que se dilata hasta la pradera digital y las últimas promociones líricas.
  Aunque Gamoneda defiende que la canonización comporta una quietud de la conciencia poética individual y un cierto desvanecimiento de la propia personalidad. Sus recelos no son contrastados por el pie de página de la  realidad literaria, según aseveran los aportes de Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Ángel González o José Manuel Caballero Bonald, protagonistas de un legado singular y fortalecido por trazos unipersonales.
  Ya centrado en Poéticas del malestar, muestra algunas disonancias ante el enfoque de Rafael Morales Barba, a quien califica de imprevisible al abordar con simetría ecuánime a los incluidos en su estudio y al etiquetar con límites desvaídos algunos agrupamientos estéticos. Estas sombras no anulan la coda final positiva al calificar este empeño clarificador del poeta y profesor universitario como un trabajo crítico oportuno y necesario.
  El libro en sí aporta una selección de poetas nacidos en torno a 1975, cuyas obras iniciales vez la luz en la amanecida del 2000, pero ambos criterios se emplean con una amplia libertad, ya que se incluyen autores nacidos en los sesenta como Manuel Vilas, Miguel Ángel Curiel, Jordi Doce, Jorge Gimeno, Agustín Fernández Mallo, y poetas que casi cierran la década siguiente como Luis Bagué Quílez, Julio César Galán, Juan Andrés García Román, Guillermo López Gallego y Ana Gorría, o que pertenecen a la década del ochenta, como Fruela Fernández y Pablo López Carballo; todos coinciden en ser autores que publican en torno al 2000.
   Casi todos los agrupados en Poéticas del malestar son nombres presentes ya en otras antologías. Ejercen como autores representativos de una época confrontada con el realismo; hacen de la fragmentación –entendida ésta como estar al margen frente al discurso normalizado del todo- y la reticencia escéptica ante la retórica de lo cotidiano actitudes estéticas de un estar heterogéneo, que postula una diversidad de procedimientos en su resistencia y desazón.
   Tras el análisis de contexto, el libro selecciona una amplia relación nominal integrada por los más solventes solistas; de cada uno de ellos se incorpora una sucinta biografía, un esquema estético del quehacer lírico y una selección de poemas. En este apartado hay algunos aspectos disonantes; por ejemplo los despistes ortográficos que afectan al apellido de Abraham Gragera, al nombre de Josep M. Rodríguez o a los nombres literarios de José Antonio Bernier o Luis Bagué Quílez; si el poeta firma de una manera su obra, hay que testificarlo críticamente; del mismo modo, es conveniente que el estudio estético de los elegidos tenga una similar extensión ya que se trata de una obra colectiva y que los criterios de selección se cumplan: por ejemplo, integrar en las poéticas del malestar a un poeta celebratorio parecería, cuanto menos un gesto irónico.
  Entre los vértices centrales del trabajo figuran Jorge Gimeno, Julieta Valero y Manuel Vilas. Así lo manifiesta el crítico al dilatar el espacio reflexivo y al resaltar su legado en varios momentos. Lo mismo sucede al enfocar la obra de Abraham Gragera, con una dedicación intensa, ya expuesta en las páginas de la revista Turia
  Rafael Morales Barba acierta a definir, sin mapas asamblearios ni componendas grupales, un conjunto de miradas de la periferia realista imperante, en el que se conjugan algunos nexos comunes: insatisfacción frente a un proyecto existencial global atestado de asimetrías, moderado irracionalismo y cultivo del fragmento. Son los nombres que inician un nuevo siglo, que siguen confiando en la capacidad precaria del poema para habitar misterios.



sábado, 7 de abril de 2018

GEOGRAFÍA ÍNTIMA DEL AGUA

Cascada del Caozo
(Valle del Jerte, Cáceres)


CICLO DEL AGUA
       

    La frágil transparencia de aquel río se confundía con su piel desnuda. Era una cualidad que extremaba las sensibles respuestas a los cambios de temperatura. De madrugada, el agua era sólida; con las primeras briznas de sol se licuaba y a mediodía las altas temperaturas tejían en el cauce redecillas de niebla, en un artesanal proceso íntimo de nubosidad variable.

(De Cuentos diminutos)





jueves, 5 de abril de 2018

MIGUEL MARCOTRIGLIANO L. (Compilación) NUESTROS MÁS CERCANOS PARIENTES

Nuestros más cercanos parientes
Breve antología del cuento venezolano de los últimos 25 años
Miguel Marcotrigliano L. (Compilación)
Kalathos Ediciones, Madrid, 2017


RELATOS DESDE VENEZUELA

  Miguel Marcotrigiano L. compila la madurez expresiva y formal del relato venezolano contemporáneo, escrito en el último cuarto de siglo. Busca definir trazos en la cosecha de treinta y tres autores que conecta con las inquietudes argumentales de un tiempo convulso y sin vertientes estéticas vertebradoras. En el recorrido histórico de Venezuela, el cuento ha sido uno de los géneros más fértiles del siglo XX y su expansión prosigue, desatada, en el universo digital de internet. Sus estrategias propician campos argumentales abiertos, solo configurados por la querencia creadora. Desde ese principio básico de todo cuento, se recuerda en el prólogo de esta selección que: “Si la literatura es búsqueda de sí mismo, la produzcamos o no, el cuento debe ser una historia que nos refleja, nos espejea y nos interroga. Para un venezolano el cuento de nuestro país debe ser un espacio ideal, propio, donde nos reconocemos”.
  El cierre de siglo abocó en una situación de crisis económica social y política que deja en el exterior la imagen de una nación fragmentada socialmente e inmersa en graves conflictos; pero la literatura no se configura como crónica testimonial del momento histórico en el que se produce sino como interpretación de lo contingente, siempre abocada a la subjetividad del autor. Los textos, por tanto, se defienden solos; se incorporan a este muestrario vivo al amparo de un criterio antológico que vislumbra la culminación de procesos de taller.
   Exenta de aparato crítico y del perfil biográfico de cada antologado, la muestra se configura como un conjunto aluvional, con treinta y tres aportaciones. Ya se ha comentado que no hay una línea estética uniforme; el itinerario se va gestando al paso, sin más coordenadas situacionales que las integradas en la maleable alquimia ficcional.
  Los puntos de anclaje del relato son muy diversos. Así, el cuento de apertura, firmado por Víctor Alarcón (Caracas, 1985) aparece como una crónica amorosa y excesiva, en la que se refleja el ambiente nocturnal de la música en directo. Un ambiente habitado por personajes pintorescos que se definen por una sintaxis hiperrealista, en la que se integran giros y expresiones de lo marginal. Pero el contraste es inmediato y el mínimo cuento de José Tomás Angola Heredia, “La cometa del mundo” aloja una historia intimista en la que asoman dos actitudes contrapuestas, la inocente perplejidad de la infancia y el sesgo violento y desatado del sicario, abordando con eficacia, sin conciencia, el trabajo sucio.
  Hay temáticas como la violencia o el sexo cuyo tratamiento explícito suele causar una notable convulsión en el lector. Recuerdan en sus lindes verbales a los itinerarios del realismo sucio y a otras etiquetas estéticas que añaden claves complementarias como el sentido crítico, la ironía o el sarcasmo. En ese registro se sitúa la aportación ficcional de Mardon Arismendi (El Tesoro, Barinas, 1986), ejemplo de desbocamiento imaginativo y de bifurcación argumental. El cuento encuentra en Krina Ver (Polonia, 1948) casi un negativo, por su clasicismo intimista que acerca la pieza a la narración neorromántica.
   El mínimo fruto de Laura Gracco (Barquisimeto, 1960)  traza una perspectiva tenebrista de un país cuyo nombre no se verbaliza, pero que remite de inmediato a una geografía concreta y a ese paréntesis cronológico en el que los sueños se desvanecen porque no es posible el regreso. "Esto", como nombre simbólico, evoca en su totalidad el espacio de incertidumbre en el que tanta gente ha perdido la luz de amanecida o se ha visto avocada a un exilio interminable. Otra dimensión abre “Taxidermia”, el cuento de Fedosy Santaella, uno de los cultivadores más relevantes del género en Venezuela por los títulos publicados y las distinciones conseguidas. El texto seleccionado entremezcla erudición cinéfila y vuelo imaginativo para ampliar la realidad cotidiana con contingencias insólitas que van creando meandros en el trazado del relato, como si realidad e imaginación dialogaran de manera incansable en las percepciones individuales. Emotivo y pleno de fuerza resulta el cuento sobre la identidad y el sabotaje amoroso de Fernando Vanegas (San Cristóbal, 1939). El desamor y la soledad logran una expresión pautada con gran acierto en el dibujo del personaje principal y su caminar en el deseo de ser otro.
  No procede resumir aquí los puntos cardinales de todos los componentes de este inventario, pero sí explorar el aire que profesan las voces creadoras; desemboca en un rico catálogo de recovecos expresivos y originales. Cada material extiende una voz nítida y personal que comparte sueños e inquietudes, afronta  temas básicos de lo cotidiano, y da hilo a la conciencia de ser y sentir.
  Las ficciones contienen la experiencia de la vida al paso. Van moldeando autobiografías imaginarias y conmovedoras vivencias en un marco que casi nunca es localista y preciso. Sus sendas entrelazan sensaciones dispares: desde el lirismo de los sentimientos hasta la llaga profunda del desencanto, incapaz de superar las erosiones. De este modo, la muestra marca las pulsaciones del relato. Dibuja un país que nunca se ofrece como escenario exótico sino como ventana donde la realidad también cierra los ojos, u olvida las connotaciones mágicas de la idealización.
   Desde el cuento como ejercicio expositivo, la vida tiende a lo difuso y a lo inexistente. Se muestra como un mero ejercicio de supervivencia en el que es necesario encontrar respuestas, despertar en la amanecida una razón de ser.


    

miércoles, 4 de abril de 2018

DESCONFIANZA

Piedra sobre piedra
(Castro de las Cogotas, Ávila)
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana

DESCONFIANZA



. Desconfío de las biografías legendarias, que no saben de quién es su pasado.

. Desconfío de la vida sana, ese túmulo de hábitos saludables que antes o después acabará metiéndonos en el ataúd.

. Desconfío de los que visten, con monotonía e insistencia, el abrigo de los compromisos y carecen de tiempo para el otro.

. Desconfío de quienes tienen temprana conciencia de su genialidad.

. Desconfío de los que piensan que el talento brota de la nada.

. Desconfío de quien hace de las relaciones personales un insalubre trastero, un lugar siberiano.

. Desconfío de esa obsesión indígena que llena de himnos, banderas y escuadrones la plaza de su pueblo.

. Desconfío de las amistades aparentes, con exuberancia decorativa.

. Desconfío del escritor que hace de la vida una actividad subalterna, llena de signos de puntuación.

. Desconfío de mí, si desconfío.

                                                       (Apuntes del yo)





martes, 3 de abril de 2018

AFORISMOS A PIE DE MAR

A pie de mar
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia

AFORISMOS A PIE DE MAR


               Para Rosario Troncoso,
por su confianza, por su amistad


Cada náufrago reclama para sí la madera raída.


En los espejos la imagen desvaída del futuro, sin alzar los ojos ni una sola vez


Perseverar apostado frente a la fijeza del paisaje, con la tenacidad zancuda de las grúas.


Ante las rocas  los argumentos piden cara o cruz: escalar o pasar de largo.


Luz dormida en la mansedumbre del estanque y los ojos infantiles que  nada saben de la refracción.


Acaso, esto y aquello. Marejadas, borrascas, nubes y claros. Meteorología de poeta.


No están cerca o lejos. No están.


La escritura y yo,  restaurante discreto en el que solo hay sitio para dos comensales.


Alguien escribe. Soy parte de la trama. Un personaje episódico.


En la lisura del cristal, los aspersores del jardín difunden transparencia. Mi casa y el día que declina. Pienso en aquella línea de Jorge Luis Borges: “No pasa un día en el que no estemos, un instante, en el paraíso”. Espejismos.


Que el desconcierto no sea obstáculo interpuesto; camina junto a él.


                                                  (De Motivos personales, Sevilla, 2015)



lunes, 2 de abril de 2018

SIOMARA ESPAÑA y VERÓNICA ARANDA (Eds.). EN MITAD DE UN EQUINOCCIO

En mitad de un equinoccio
Panorama de la poesía ecuatoriana contemporánea
Siomara España Verónica Aranda (eds.)
Editorial Polibea, Colección Toda la noche se oyeron...
Madrid, 2017


POLIFONÍA ECUATORIANA

 Convergen en este momento cultural varias propuestas editoriales empeñadas en dar visibilidad y cristalización a la lírica emergente latinoamericana, desde Argentina al Caribe. Sellos asentados como Visor, Pre-Textos o Valparaíso han integrado en sus catálogos las afirmaciones más originales, y alzadas más recientes como Ediciones Liliputienses, y la madrileña Polibea han creado colecciones específicas, solo pobladas en su recorrido por presencias creadoras de Latinoamérica.
   Las poetas Siomara España y Verónica Aranda recorren la originalidad estilística de Ecuador en el volumen En mitad de un equinoccio, cuyas páginas muestran los contornos de la geografía poética del país. Se parte de una contingencia; salvo contadas excepciones, las voces ecuatorianas propagan un rumor casi inaudible; son mapas secretos. Desde ese vértice traza su vertical indagatoria Siomara España. Su preámbulo trata de mostrar –valga el oxímoron- la unidad creadora de un paisaje diverso. Toda antología es un lugar de encuentro. Y En mitad de un equinoccio refleja una costa minuciosa y extensa compuesta en la selección por veinticinco nombres nacidos en los últimos sesenta años.
   Los registros estéticos se bifurcan. Dan vida a etiquetas diferenciadas en las que conviven el clasicismo de la tradición y la experimentación lingüística, el sesgo introspectivo y la exploración de la otredad. Al cabo, cada voz textualiza y busca la singularización de su entidad verbal. De este modo, el lenguaje se hace construcción y ruptura, deja impulsos decantados hacia una búsqueda cognitiva que no se agota nunca en sí misma, que se convierte en proceso y pulsión permanente.
   Verónica Aranda aborda los propósitos de la colección “Toda la noche se oyeron…”. Describe su experiencia individual en eventos poéticos en los que ha constatado la innegable salud poética que añade singularidades emergentes; una coral de voces que rompe cualquier trayecto lineal. Las antólogas han obviado la habitual nota biográfica y las líneas esenciales de cada  ideario estético, como si únicamente confiaran en la eficacia comunicativa del poema, lejos de cavidades digresivas y desbordamientos críticos.
   El marco cronológico representado se abre con Maritza Cino Alvear (Guayaquil, 1957). Con más de treinta años de producción, su escritura se compiló en 2013 en el volumen Poesía reunida. En él se percibe un tono discursiva que verbaliza escenas existenciales, trechos de la memoria que regresan cuajados de imágenes y materiales simbólicos. Es el punto de partida de una nómina que profundiza en relevantes estelas: Edgar Allan García (Guayaquil, 1958), cuya abrumadora labor se despliega en todos los géneros, vertebra una lírica existencial, hecha de imaginación y memoria;  Roy Sigüenza (Portovelo, 1958), con trazos próximos a un neorrealismo coloquial y narrativo, nacido de una observación pormenorizada de las cosas  y sus aspectos esenciales. También se recoge el verbo intimista, que sobrevive sin épica entre lo cotidiano, de Raúl Vallejo (Manta, 1959); la selección textual de Edwin Madrid (Quito, 1961) emplea el poema en prosa para sus postales urbanas y sus crónicas de lo diario, en las que toma asiento la ironía. En el decurso poético de María Aveiga (Latacunga, 1964) aflora una poesía sensorial que enlaza corazón y pensamiento, y muestra algunas afinidades en sus temas con los poemas elegidos de Cristóbal Zapata (Cuenca, 1968), donde el amor y el deseo son núcleos sustanciales.
  El vigor de los años setenta está representado por la poesía de Luis Carlos Mussó, Pedro Gil Flores, María Luz Albuja Bayas, Ana Cecilia Blum, Gabriel Cisneros Abedrabbo y Xavier Oquendo Troncoso. Este último fue el único poeta ecuatoriano incluido en El canon abierto, la antología consultada impulsada por la profesora y ensayista Remedios Sánchez, que daba voz a la última poesía en español.
   Abierta al fluir del magma lingüístico, la antología concede relieve al quichua ecuatoriano, la lengua más hablada en la cordillera de los Andes, desde la palabra de Lucila Lema (Otavalo, 1974), cuya obra convive con otros autores que se dan a conocer en la amanecida del nuevo milenio. Es el caso de un poeta excelente, César Eduardo (Quito, 1976), cuya poesía adquiere en ocasiones el formato de un soliloquio interrogativo, un discurso cuestionador frente al lenguaje, que mantiene su efecto literario con estrategias iterativas como la repetición o el uso de versos sálmicos.
   Es conocida la inmersión de Siomara España (Malabi, 1976), poeta, ensayista y crítica de arte, en el ámbito cultural hispano. En 2016, la editorial Polibea impulsaba su poemario Construcción de los sombreros encarnados / música para una muerte inversa. Su poética aglutina legado cultural e intimismo, explora los recorridos de la conciencia o se adentra en la observación de lo colectivo, donde se entrelazan texturas sentimentales, sensaciones y experiencia vital, como refleja el poema inédito “Plegaria”.
  Completan la nómina algunos nombres propios de la generación digital como Ernesto Carrión (Guayaquil, 1977), Juan José Rodinás (Ambato, 1979) y Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979), otro nombre esencial de esta nómina. Periodista, docente en ejercicio y editor, impulsa un trayecto cimentado con abundantes premios. En nuestro ámbito es bien conocido por iniciativas sobre su obra como la antología El libro blanco (Chamán Ediciones, 2016), con introducción de Rafael Courtoisie quien define la estética de A. Rodríguez como “un instrumento de introspección y conocimiento, una herramienta hecha de palabras pero cuyo efecto trasciende las palabras”. También se integran algunos nacidos en los años ochenta: Alexis Cuzme (Manta, 1980), María Auxiliadora Balladares (Guayaquil, 1980), María de los Ángeles Martínez (Cuenca, 1980) y Dina Bellrham, nacida en 1984 y fallecida en Guayaquil en 2011, cuyos poemas sirven de coda a esta cartografía. Su muerte prematura cierra un itinerario compuesto por cuatro entregas en las que se percibe la mutación desde un ideario neorromántico hasta la formación de una voz atormentada y tenebrista, que explora los rincones umbríos de la identidad con imágenes de impacto y con débitos literarios de Alejandra Pizarnik.
  En mitad del equinoccio ofrece al lector el poblado escenario temporal de la poesía ecuatoriana contemporánea. Siomara España y Verónica Aranda disparan un selfie lírico de urgencia que debe completarse con un sondeo personal más intenso, que aporte la verdadera significación de los antologados. El trabajo común forja las conexiones entrelazadas por una poesía activa cuyos puntos cardinales se hacen testimonios de amistad literaria y cercanía, de itinerarios que invitan a un largo recorrido.