jueves, 12 de abril de 2018

ANA MARTÍNEZ CASTILLO. LA DANZA DE LA VIEJA

La danza de la vieja
Ana Martínez Castillo
Prólogo de Antonio Rodríguez Jiménez
Ediciones de la Isla de Siltolá
Colección Tierra
Sevilla, 2017

GEOGRAFÍAS ONÍRICAS



   Algunas compilaciones antológicas como El llano en llamas (Fractal, 2011) o La Escuela poética de Albacete (Celya Editorial, 2016) han dejado entre los lectores de poesía la refrescante visión de un paisaje lírico en plena floración. Trasciende, con mucho, la periferia marginal de la provincia para sumar al ahora lírico en castellano un listado de voces que llena con su luz los estantes poéticos o que se reconoce con selectos certámenes. A ese plural poético se incorpora Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978), docente en ejercicio, poeta desde su juventud, cuentista y colaboradora de prensa.
  He señalado la temprana vocación lírica de Ana Martínez Castillo porque La danza de la vieja, su amanecida literaria, se editó en 2002. De esa contingencia se ocupa el liminar de Antonio Jiménez Rodríguez, un texto necesario para percibir el contexto de la autora y la profundidad de sus mutaciones en el tiempo. En el enfoque crítico se hace palpable la sólida textura de un quehacer que ofreció hace menos de un año el poemario Bajo la sombra del árbol en llamas, una entrega –y vuelvo a la sabiduría reflexiva del prologuista- que  comparte “un único entramado plagado de símbolos, imágenes  y referencias que nos remiten al rico mundo de su autora  y a su original concepción de la poesía”.
  El introito recurre a la prosa poética como molde expresivo, lo que acentúa la función situacional del sujeto poético y el ámbito nocturnal en el que se manifiesta su identidad. La vieja es quietud y silencio, un amparo desasido de brotes que ha ido apagándose en el discurrir del tiempo. El trayecto va trazando los rostros de otras identidades, como si en la evocación retrospectiva se fuesen rescatando del pasado las figuras en manos del silencio; así, el padre y la madre como garantes de lo emotivo y como refugios frente a la intemperie para preservar la infancia y ese mundo idealizado de nanas y miedos.
  La luz se contamina de inmediato por las sombras y son muchas las imágenes que dan a lo transitorio una apariencia de inquietud. Se desmigaja el día y alrededor de ese patrimonio de horas se convoca un extraño desorden –arañas, grumos de frío, mendrugos de silencio-, un enjambre de elementos simbólicos que ponen en la lectura literal del poema un foco luminoso y simbólico. Así se va gestando una identidad en el tiempo que se nutre de azar y contingencia, que a veces necesita la prosa justificatoria de una carta para avalar el sinsentido, o que va moldeándose en la extrañeza, desde la niña a la vieja, desde los muslos de plata a la piel oscura y cuarteada.
  La poesía de La danza de la vieja vela su sentido explícito para que los poemas adquieran una carga hermética a contramano de lo lineal. Así sucede en el poema en prosa “El titiritero” que cautiva por su excelente resolución formal y que exige un fuerte tono introspectivo en la amanecida improbable de su significado que se desenvuelve como si fuese una escenificación: “…Pero a veces hay que darle cuerda  a la muerte y que no chirríe, como si fuese cajita de música o muñeca mecánica, como si fuese engranaje,  reloj o nudo”.
   Lejos de la poblada nómina del realismo y nutrida con un magisterio plural y heterodoxo en el que nunca faltarían Leopoldo María Panero, Ray Bradbury y Bram Stoken, el verbo poético de Ana Martínez Castillo apuesta por lo ficcional, el vuelo imaginario y el onirismo. Apuesta por la obra literaria que busca el extrañamiento y la intuición para configurar una geografía imaginaria. Así crea en La danza de la vieja un escenario en tinieblas, un contraluz poético que descubre en los ojos de una anciana el retorno infantil de quien regresa al sueño.         



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